¿Psicología o sicología?

Con todo y que la Real Academia Española de la Lengua, “autorizó” que se escriba indistintamente psicología o sicología en su caso, yo como psicólogo -y también egresado de   la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, por mi carrera de Lic. en Letras dramáticas y teatro- me parece que es fundamental no dejar al conocido “da lo mismo” esta polémica decisión. Me parece que no se trata de quitar letras nada más porque la gente o la costumbre lo prefieren; porque en ese caso, como más adelante lo repito, debería erradicarse de una vez por todas, la “hache”, que nunca se pronuncia, o la “ese” de consciencia, subconsciente, inconsciente, y otros muchos ejemplos y casos, de letras que en usos y costumbres de determinadas culturas no se pronuncian. La RAE no debería parcializar en la consistencia de la lengua española, sobre todo con palabras derivadas del griego, que se utilizan predominantemente en disciplinas científicas o artísticas. Cabe destacar que este relajamiento de la lengua, mal llamado actualización de la misma, no se da en otros idiomas como el francés o el inglés. Precisamente, en el caso de la palabra que ahora es materia de polémica en este artículo, en inglés sigue siendo psychology; y en francés, psycologie.

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Responsable de esta docta opinión: Pedro Zavala Vivas.

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Antropología filosófica. Disertaciones 10.

10. ¿Y MI DESASTRE INTERIOR…?

¿Desastre interior?…

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Veo mi interior con los ojos de la imaginación y la autocrítica, y lo contemplo como si fuera ese departamento, esa casa, donde habita mi ser. Y, bueno, yo siempre he intentado tener limpio y ordenado ese interior, porque no me gusta el desorden, no me siento cómodo en el desastre. Pero, comparado con una habitación, con un espacio habitable en un inmueble, ya no es tan fácil.

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Tener limpio, ordenado, bonito y confortable mi espacio físico nunca fue un problema para mí; en cambio, el interior de uno mismo -parece paradójico y absurdo- es un lugar extraño, como el interior del departamento de un amigo al que frecuentamos poco.

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Es decir, aunque vivo ahí, pareciera que pasara más tiempo afuera que adentro. Observando bien, sí hay un poco de desastre: hay “objetos”, un baúl de recuerdos, cajones con imágenes, closets con trajes viejos, algunos nuevos que aún no estreno, cosas por hacer, cosas pendientes, cosas por reparar, incluso un poco de polvo del olvido, fantasmas…, y yo mismo con las máscaras que he modelado durante mi vida -y otras vidas, tal vez-, mis demonios, mis sentimientos, mis emociones, mis impulsos, mis deseos, mis sueños…

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Aceptar ese desastre no es fácil, como no lo es descubrirlo y reconocerlo; es más fácil salir, dar la espalda y pensar: “todo está bien”. 10_3.jpg

Pero ahí está, en los rincones, en la oscuridad, en los lugares olvidados o poco frecuentados, como el desván, como el sótano, o como la habitación que cerré con llave

10_6.jpgporque ahí habitaba un amor, un ser amado, y al irse éste no había con qué ocuparla, o al entrar, el dolor era tal al percibir la ausencia que era mejor cerrarla.

En este caso, como en los demás, ¿las decisiones que he tomado las he adjudicado a algo externo, a Dios, los demás, la vida?

Sí, por supuesto; ha sido parte del proceso. Es prácticamente inevitable al principio; cuando era joven e impulsivo, era más fácil echarle la culpa a todo menos a mí mismo.

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Conforme avanzaba en edad, también muchas creencias, y el modo de percibir el mundo, fueron cambiando y pude ser menos injusto. Ahora, ya no hay razón para culpar a quien nunca ha tenido qué ver con mis decisiones, llámese vida, personas, Dios: yo, y sólo yo, soy responsable por lo que decida, así me descubra influenciado por algo o por alguien. Antes como ahora, mis impulsos, mis deseos, mis sentimientos  y emociones, así como mis pensamientos y creencias, trazan el mapa de mi conducta. Desde esa perspectiva, la psicología no tendría ningún problema en “escanearme” y catalogarme:

soy lo que hago; es decir, “dime qué haces y te diré que sientes y que piensas”.

En mucho todavía soy muy infantil, y eso es un problema.10_11.jpg

Tal vez por eso me hice actor: ahí juego, fantaseo; soy cualquier cosa, hasta donde la imaginación lo permita, como un pirata, un ángel, un demonio, un árbol, un animal, una quimera…

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Pero, con todo y la libertad que te da el arte, sé que la realidad es una; que la fantasía es fantasía, que los sueños, sueños son… Que mi vida interior, mi vida afectiva, mis sentimientos, emociones, impulsos, no pueden explotar y desbocarse; que la razón, la inteligencia, “el sentido común”,  tienen que mediatizar y adaptar la vida psicológica a la vida práctica. ¿“Pienso, entonces existo”?, sí, pero, también “pienso, entonces soy”… “una idea, un continente, una mirada…”

 

Al aceptar mi desastre interior, reconozco lo que le da forma, y en esa representación mis impulsos, pensamientos, emociones y sentimientos, son parte fundamental.

10_15.jpgSí, reconozco mis impulsos: soy impulsivo aún:

“quiero las cosas ¡ya!”;

soy voluntarioso:

“lo quiero así, no de otra manera”;

Mis sentimientos, los pueden herir muy fácilmente; y mis emociones: ¡Cuidado!, soy temperamental, me enoja la injusticia, ver a diez contra uno, que un niño sea maltratado, o un animal, ¡uff! Entonces me convierto en el “Hombre Verde”.

Soy apasionado:

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Y esa pasión no sólo se desboca  en la relación humana, sino en todo. No puedo evitar tomar las cosas que me interesan con gran entusiasmo. Por otra parte, si me ofenden o me agreden, no soy vengativo, puedo asegurarlo: pero, si puedo en el momento, respondo y me desquito.

He llegado a retratarme en ese mapa emocional, a manera de viñeta, como: “Soy amable y sensible, pero también puedo ser odioso y terrible”.10_12.jpg

 

Y ¿Dios?, otra vez Dios.

Bueno, ¿cómo podríamos existir sin ese discernimiento?

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Para mí, Dios es un nuevo concepto, uno que sustituyo al viejo concepto mítico judeo-cristiano del dios milagroso, personal, patriarcal, que determina tu vida, tu destino, tus acciones; que te premia o te castiga; ése que el propio Jesucristo, su Hijo, en el Nuevo Testamento, “dice”: “Venid, benditos de mi Padre…” porque fuisteis buenos; “Fuera, malditos de mi Padre…seréis arrojados a la Gehena (infierno), donde será el llanto y rechinar de dientes…”, porque no fuisteis buenos. (¡Gulp!)

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Sí, antes creía en eso, y me culpaba, y sufría, y atribuía mi vida, mi destino, mis buenas obras y las desgracias a esa Fuerza Suprema. Y un día inesperado, la Verdadera Luz del Cosmos, iluminó mi inteligencia, mi razón, mi espíritu, mi ser: descubrí en medio de ese desastre, a mi Dios

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Antropología filosófica. Disertaciones 09.

9. EL EXCESO DE EQUIPAJE.
¿El exceso de equipaje?… Para saber cuál es mi exceso de equipaje es preciso primero saber cuál es mi equipaje; ese equipaje que lleva cualquier ser humano que viaja por este misterioso e intrincado recorrido llamado vida.
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Un equipaje es claro que se refiere a lo que necesitas cuando viajas hacia cualquier destino que implica un tiempo más o menos prolongado, de tal manera que las cosas que utilizas en tu residencia cotidiana necesitas llevarlas contigo, más otras tantas que el propio viaje y destino obligan. En un viaje cualquiera es fácil ver qué vas a llevar, dependiendo del destino de tal itinerario; si vas de vacaciones a un sitio turístico, es indispensable ropa propia del lugar: traje de baño, si vas a la playa o un lugar con albercas; ropa abrigadora y adecuada si vas al campo; y el conjunto imprescindible de cepillo de dientes, cepillo para el cabello, jabón, etc.
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Pero en la vida, en la metafórica travesía de la vida, ya no es sencillo inventariar, porque de primera instancia no sabemos cuál es nuestro destino final ni el lugar al que vamos. En este caso, la idea nos lleva a visualizar un “equipaje” más del tipo de “souvenirs” que de aquel que de inicio alguien prepara para salir de viaje.
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Cuando nacemos, se podría decir que el único equipaje con que iniciamos la jornada de la vida es el que contiene nuestros instintos y nuestras facultades; en un paquete intelectual y emocional, orgánico y sensorial, resguardado y condicionado por una envoltura corporal. A partir de ahí, las experiencias, las vivencias, lo aprendido y lo ejercido con ayuda de las herramientas del paquete, van conformando el equipaje que nos acompañará a lo largo del trayecto al “País de nunca jamás”.

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Es evidente que ese equipaje es más de índole psicológico que físico, puesto que éste último se limitará a un mapa de cicatrices, pérdidas orgánicas, o ganancias -como masa corporal, por ejemplo.

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Pero las “cosas psicológicas”, eso son otra cosa: desde la etapa intrauterina, según afirman expertos del desarrollo humano, comenzamos a llenarnos de sensaciones e imágenes, que se traducen en experiencias de aprendizaje, recuerdos y formas que completan, e incluso rebasan, el equipaje que integramos.

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Aquí, a mi entender, se puede dar el exceso de equipaje. Porque, como pasa en muchos de los viajes cotidianos –que cargamos con cosas que exceden lo que podemos cargar- del mismo modo, en el equipaje virtual (no por ello menos real) que cargamos para la vida, podemos encontrar cosas que exceden la carga, que son un lastre, que nos dificultan más que favorecernos la jornada.

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Este exceso de equipaje tiene una enorme influencia en mis acciones, en mis decisiones, en la consecución de mis propósitos; porque como cualquier carga de más, limita mi libertad de movimiento, de ritmo, de velocidad, de capacidad para ascender o cambiar de dirección y rumbo; y ese exceso está constituido principalmente de prejuicios, de creencias, muchas de estas últimas: irreales y fantasiosas.

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También se cuentan entre estos accesorios excesivos los objetos de sustitución que, como imágenes o copias falsas o clonadas de los elementos genuinos y legítimos que deseábamos, fuimos adquiriendo; engañándonos al creer que teníamos lo que dejamos en el camino como el amor, la belleza, la felicidad, la amistad, el bienestar, el sexo, la realización, los sueños…
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En mi caso particular, en la juventud principalmente, mi exceso de equipaje influenció mi razón práctica por supuesto e indiscutiblemente.
Tomé decisiones que desviaron mi rumbo, y me hicieron tomar el camino más largo, la ruta más abrupta.
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Querer ser, se conflictuaba con el deber ser, y al final fui lo que pude ser, lo más acercado a lo quería ser, afortunadamente.
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El amor fue uno de mis objetos de sustitución: no aprendí a amar, hasta hace muy poco. Antes creía que amaba, y sólo me amaba a mí mismo. Un niño me dio las primeras lecciones, y se fue cuando comenzaba yo mismo a balbucear el alfabeto del amor. Mi imagen falsa del amor me hacía pensar que el amor se da por naturaleza, y descubrí que no, que el amor se aprende; que la emoción está ahí, pero las acciones que llevan al sentimiento del amor se deben aprender. Que sólo cuando descubres tu potencial de amor, comienzas a entregarte al amor y la alegría es tu parámetro.
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El egoísmo se resquebraja y es ya inoperable. Y como éste, otros objetos de sustitución bajo el examen de conciencia, conforme iba avanzando en edad fueron poco a poco sacados de la maleta: como la intolerancia, los celos, la timidez, el prejuicio, las creencias irreales y fuera de contexto: como las culpas creadas o adoptadas.
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En este aspecto el sentido ético y moral tomó un sentido real y no condicionado; es decir, mi moral apegada a las tradiciones se ajustó a una ética superior que perseguía la justicia, el respeto y la responsabilidad como principales modelos de virtud.

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No ha sido fácil insistir en ello, pero por lo menos ahora sé que mi exceso de equipaje es mucho menor que el que tenía a los veintitantos; que han sido otros veintitantos de sincero y tenaz autoanálisis.

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Cada día intento despojarme de algo que me sobra, pero cuando creo que ya lo deseché, aún está ahí…

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Antropología filosófica. Disertaciones 08.

8.       ¿Y LA MUERTE…?

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“Oh, vanidad, oh vano orgullo humano, si es absurda la forma en que morimos”, diría Agustín de Hipona, o San Agustín, como lo llama la iglesia católica. Pero morimos.

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La muerte es el misterio ancestral, el que da origen prácticamente a todos los principios metafísicos: Dios, el alma inmortal, el más allá, la otra vida, el juicio final. Diría también Ignacio de Loyola, en sus “Ejercicios Espirituales”: “No te acuestes ni una noche sin tener meditación sobre la muerte y el juicio; que a mi entender, dormir sobre la aspereza de estos hondos pensamientos, importa más que tener por almohada piedra o leño.”

La muerte desde el punto de vista físico y biológico es el cese de toda función orgánica, y por consecuencia la desaparición del individuo. Desde el punto de vista metafísico, y obviamente desde el punto de vista religioso, la muerte no es el fin, sino incluso el principio de otra etapa, otro ciclo del ser.

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La muerte y la vida son conceptos inseparables. Pero, como diría el cancionero popular, “No le temo a la muerte, más le temo a la vida; cómo cuesta morirse cuando el alma anda herida”. Y más allá de cualquier lance poético, la muerte sí es temida, porque es un misterio; porque por más que creamos en otra vida después de la muerte, sólo queda en eso: en una creencia, en una esperanza, en una ilusión. Después de la muerte no hay nada; nada que de inmediato nos asegure que de verdad sólo es una transición, una puerta, un paso, un cambio de vagón. Sólo queda la fe. Entonces es natural el temor a lo desconocido, a las tinieblas, al no saber qué hay después.

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¿Y si de verdad nuestra alma abandona el cuerpo y va a otra dimensión? ¿Pero cómo es esa dimensión? ¿Podemos comunicarnos con los muertos? Podemos creer lo que queramos. Si creemos en Dios, en el alma, en los espíritus superiores, en los demonios, ¿por qué no creer en otra “vida” después de la muerte? En que no todo acaba con la muerte.

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Todos los que hemos tenido un ser querido que ha muerto, sabemos que es lo más doloroso anímicamente que pueda existir. Porque la existencia sensible se acaba; ya no hay más. Y por mucho que la Tanatología se esfuerce por darte razones y justificaciones, la verdad es que no las hay. La única razón es que murió, lo único que sé es que ya no está, y la única justificación es que siempre nos parecerá injusto. Cuando yo acudo a un velorio, abrazo a los deudos y no digo una sola palabra: ¿qué puedes decir ante la muerte? Ante la muerte sólo hay silencio o cantos, y lágrimas… Decir lo usual: “Ya está mejor”… ¡No lo sabemos!  Decir lo obvio, es también el juego de la muerte: “Ya no sufre”… “Se fue antes…” “Era una gran persona…” Y eso sólo sirve para llenar el silencio y la ausencia con sonidos, con palabras que quieren decir mucho, pero no dicen nada…

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La muerte es, finalmente, alegoría e ironía, una forma para  poder coquetear con ella e intentar temerla menos:

“Ven dame un beso, pelona, que ando huérfano de amores.”

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Sin embargo, cuando se está en el trance de morir, cuán solo se debe sentir el moribundo; y ése es otro temor aparejado con la muerte, que uno muere solo, así como nace solo.

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Por más que te aferres a la mano del amigo, del familiar, del ser querido, no hay quién se vaya contigo. La muerte es solitaria, y la soledad siempre asusta.

Cuando la muerte te sorprende, súbitamente, sin aviso, en un accidente fatal, quizá es la menos inquietante; a veces no hay tiempo de darse cuenta. Cuando estás enfermo, más si es de una enfermedad terminal, o cuando estás en los últimos años de tu vida, la muerte se torna gravosa; es como saber que ya está ahí, pero no sabes en qué momento todo acaba. Cuando le preguntaron a Julio Cesar que si pudiera escoger, cuál muerte elegiría, contestó: “De subitum”, es decir: la inesperada…

Y es que la vida se nutre del pasado, del presente y del futuro, porque la vida está hecha de recuerdos, de experiencias, de vivencias, de proyectos y de sueños, y a todo eso la muerte llega a ponerle fin.

 TAGS:undefinedAl que muere, hasta el último aliento, hasta el último segundo de vida, sólo le queda pensar -si puede- que ya no hay tiempo, que el reloj está a punto de detenerse…

Y si tuviéramos, como en los aeropuertos o las terminales de autobuses, un momento antes de abordar, para despedirnos y decir algo, tendría que ser a la vida, a ésa que bien o mal tuvimos, a esa vida que fue nuestra. Y como Amado Nervo, parafrasear diciendo:

“…Vida nada te debo, Vida nada me debes: estamos en paz”.

Y que cuando alguien pregunte: “Díganos, ¿cómo murió?”, la respuesta debería ser:

“No…No les vamos a decir cómo murió, les vamos a decir, cómo vivió.”

Eso es lo que verdaderamente importa. Porque nuestra vida pudo haber sido errada, alocada, discutible, en la mayoría de los casos, incluso insatisfecha, pero nunca absurda. En cambio, la muerte, nunca sabremos con certeza si fue absurda, aunque así nos lo parezca.

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Antropología filosófica. Disertaciones 07.

7.       ¿HACIA DÓNDE VOY…?

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Siempre hay un momento en la vida en que la pregunta “¿hacia dónde voy?” nos detiene en el camino y nos hace mirar hacia atrás, obligándonos a reflexionar en si vamos en el rumbo correcto, o si ese es el camino que queremos continuar. Pero lo que quizás es todavía más perturbador es preguntarnos si el camino que recorremos, el camino que hemos tomado, el camino que en algún momento elegimos, es el que queríamos andar.

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Pero independientemente de esto, ¿cuál es la respuesta a la pregunta inicial?

Bueno, para dar una respuesta hay que ir a los orígenes.

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Pienso que desde que somos niños queremos ser algo y esa idea se enlaza automáticamente con un rumbo a seguir, el rumbo que traza el camino que nos lleva hacia lo que queremos lograr en la vida.

Pero ese camino no está hecho; debemos construirlo. Creo que nuestra vida se liga con ese propósito de ser algo, algo que dé sentido a nuestra vida precisamente.

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Y ser algo, de primera instancia no parte de un razonamiento; al principio, ser algo que deseamos, y caminar hacia la consecución de esa intención,  lo provoca una idea, una imagen, un sentimiento, una emoción.

En mi caso particular, yo deseaba ser músico. Cuando tenía ocho años de edad, hice mi primera comunión, y oí por primera vez la música del órgano monumental.

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Esa sensación jamás la podré olvidar; sensación cuasi orgásmica, que desembocó en una emoción, y luego una mezcla de sentimientos, y finalmente una idea infantil: “¡Quiero ser sacerdote!” Me imaginaba, como el ministro religioso que oficiaba la misa en ese momento, rodeado de aquella música y yo a mi vez oficiando la misa católica que, obviamente para mi mente de niño, era un todo con las notas producidas por el órgano parroquial.

Por una razón extraña, nunca nadie supo de mi vocación musical y mi amor por la música.

Mientras estuve con los jesuitas, de acólito, de bibliotecario, de estudiante seminarista, sentí que no necesitaba más.

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Pero, crecí y mi camino, no sé dónde, ya no era el que yo me imaginaba.

¿Me engañaron mis sentidos? No lo creo; el problema es que a veces no sabemos cómo construir ese camino.

Y la toma de decisiones para lograrlo no son siempre ni las correctas ni las adecuadas.

Con los jesuitas conocí el teatro, y de ese modo mi personalidad y el arte dramático se enamoraron, aun cuando mi corazón seguía enamorado de la música.

Y como a veces ocurre con las personas, me casé con el teatro, pero mi gran amor ha sido siempre la música, y hemos sido amantes.

Aprendí a tocar en una guitarra, luego en un órgano electrónico, cuando pude comprarlo. Tengo una veintena de composiciones originales. Voy por la calle y de pronto oigo una melodía nueva en mi cabeza; trato de no olvidarla y en cuanto puedo, la traslado al teclado melódico… TAGS:undefined

En fin, ¿y mi camino, a dónde me ha llevado? Es curioso, pero las decisiones son el verdadero camino. Dejé a los jesuitas, y  la carrera del sacerdocio, que no era para mí.

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Estudié letras dramáticas y teatro, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y ésa ha sido mi profesión: hacer teatro; escribir teatro, enseñar técnicas actorales, actuar, producir, dirigir… poner en escena  una obra teatral.

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Me casé, tuve un hijo y una hija, tengo tres nietos vivos, una compañera que ha estado a mi lado, realmente en las buenas y en las malas. Y una carrera teatral que dejé cuando mi primer nietecito fue diagnosticado con leucemia, a los dos años tres meses de edad, y falleció 15 días antes de cumplir 6 años de vida.

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Un niño, que mi hija decidió dejarlo con nosotros porque para ella era demasiado la realidad de aquella situación. Un nietecito que de pronto era ya “mi hijo”. Un nene padeciendo una enfermedad prácticamente incurable, que su madre sólo veía los domingos o cuando estaba internado en el hospital. Un nene que me enseñó la fortaleza ante el sufrimiento, el amor incondicional, el significado de vivir… y el de morir. TAGS:undefined

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora después de varios años de su fallecimiento (murió un 13 de abril de 2009), en mi camino nebuloso se vislumbra un propósito olvidado, un sendero que alguna vez exploré cuando estaba en los últimos años de la carrera de Letras Dramáticas y Teatro, en Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México:

la Psicología.

Un sendero que ahora es un camino, un nuevo camino. Ya no podré dedicarle mucho tiempo, lo sé. Pero es a donde voy ahora. Mi camino, el que construí, no era el que imaginé de niño, pero es el que he andado. Y pude construirlo lo mejor que pude.

Logré satisfacciones insospechadas; la verdad y la realidad fueron un hecho sensible, porque el teatro fue, en la analogía de una esposa, una gran aventura y un gran proyecto, una incomparable compañera.   TAGS:undefined

Ese camino fue rico en experiencias y conocimientos, me hizo en mucho lo que soy…

Me dio enormes momentos de felicidad, le dio sentido a mi vida. Pero lo más sustancial es que ese camino que construí con mis decisiones, me dio la posibilidad de vislumbrar nuevos horizontes y un auto-conocimiento inconmensurable.

Y es que ese camino no fue, al final, sólo mi propósito de niño, sino que confluyó en él todo lo que es parte de mi vida:

Mi familia, mi perra, mi casa, mi auto, mis libros, mi carrera, mis alumnos… mis amores… TODO….

 

Es muy difícil tener las respuestas a tantas preguntas ontológicas y existenciales de nuestra vida. Pero es imprescindible intentarlo. Quizá es la única manera de entendernos, de descubrir misterios, de acceder a esos recónditos rincones de nuestro ser.

Descartes, Spinoza, Leibniz, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Platón, Aristóteles, Sócrates, etcétera, descubrieron sus ideas, su  pensamiento y su visión del mundo y el ser humano, de un modo muy humano: reflexionando, cuestionando, analizando, y -en el sentido estricto de la palabra- filosofando….

Antropología filosófica. Disertaciones 06.

6.       ¿Y EL SER SUPREMO?

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Desde que el ser humano deambula por la tierra, algo dentro de sí mismo, en algún lugar inadvertido y misterioso, le hace presentir que hay una presencia incomprensible e inconmensurablemente poderosa que crea, ordena y rige el universo. Asimismo, este ser humano se da cuenta que, en comparación con los demás seres vivos, él es sumamente especial y dotado con capacidades diferentes, y por tanto su papel en ese universo, que apenas comienza a conocer, debe ser también especial y determinado.  ¿Por quién? ¿O serán varios los creadores?

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Dada la variedad de fenómenos misteriosos e inexplicables, bien podrían ser varios los seres omnipotentes, y seguramente inmortales, los  que determinan los sucesos cósmicos, incluido el destino del ser humano.

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No hay civilización, que no tenga religión o doctrina; desde el concepto más primitivo totémico, pasando por los dioses míticos, hasta el monoteísmo más radical, ahí está el Ser supremo, solo o en compañía de otros como él. Creador colegiado o creador único, pero ahí está.

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 TAGS:undefined                      TAGS:undefinedY no hay decisión humana que no esté vinculada, matizada, subordinada, influenciada, inconsciente o conscientemente, a la doctrina y al concepto divino que la determina.

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Aun el individuo más materialista y ateo no puede negar que muy en el fondo sigue presintiendo una razón sobrenatural que sobrepasa su razón. De hecho, se podría suponer que nadie nace siendo ateo. Que primero necesita tener conocimiento y conciencia del concepto de Dios para poder negarlo.

En la medida que el ser humano necesita creer en algo superior, como el niño necesita creer en su madre y en su padre, así el hombre por más poderoso que sea, siente y sabe que hay un punto en donde ya no hay conocimiento, y esa inmensidad, ese enorme vacío inaccesible a la razón y al mayor conocimiento, pertenece a Dios.

¿Por qué nuestras vidas, de una u otra manera, cobran sentido con la divinidad?… Porque, el ser humano tiene en su ser una percepción metafísica de sí mismo y del cosmos. Y Dios es el principio y fin metafísico por antonomasia. La propia psicología como conocimiento y como ciencia en ciernes, no está muy segura de prescindir del concepto de Dios, por más que Nietzsche lo proponga. Eso es elemental y consecuente, porque la psicología es -en mucho- un conocimiento que hunde sus raíces en la filosofía, en la mitología, en la antropología, y hasta, curiosamente, en la teología.

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Sin embargo, siempre quedará colgada de los signos de interrogación la pregunta: ¿Pero, verdaderamente mis decisiones son mías, o de una u otra manera son decretadas por una fuerza superior, un Ser supremo; mismo que determina mi destino, mi vida y mis acciones? La posible respuesta invariablemente será una profesión de fe; misma que dependerá del tipo de creencia que se tenga. Hay creencias religiosas como la cristiana, que dicen: “Nada se mueve sin la voluntad de Dios”, ¡contundente!… Otras, como la hinduista y la budista hablan del karma, otro tipo de predestinación, que incluye la reencarnación… Ya los antiguos griegos y romanos, decían ante cualquier suceso fuera de su control y su poder: “Es voluntad de los dioses…”

Pero, yo ¿qué creo?…

Creo -partiendo de mi renovada creencia taoísta-  que hay un Principio y fin de todo, que ese Ser supremo debe existir, pero como una razón imprescindible del porqué de las cosas; no como una figura supra-humana que te concede lo que pidas.

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Ya no un dios sino un Ser, inconcebible; innombrable, no porque no se pueda decir su nombre, sino porque al nombrarlo podríamos nombrar otra cosa. Un Ser que no me predestina, sino me deja en una dimensión donde hay reglas, leyes, de acuerdo a cada naturaleza, para poder funcionar; como en un juego, donde cada quien juega con decisiones propias, pero siguiendo las reglas para evitar el caos. ¿Cuál es el fin, el propósito de todo? ¿La iluminación?…

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Nadie lo sabe a ciencia cierta.  Dentro de los millones de años del universo, son miles de años de existencia humana, y ¿no deberíamos saber ya nuestro propósito en este mundo?…

Con la ciencia y la epistemología, semejantes a una linterna de mano, seguimos buscando en las grandes tinieblas del conocimiento la razón de todo: del cosmos, de nosotros mismos. Y no lo sabemos aún. En las infinitas coordenadas del tiempo, del espacio y del movimiento, nuestras acciones coinciden; chocan, se entremezclan, y repercuten en las de los demás seres y eventos cósmicos…

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¿Preguntamos que si hay predestinación, coincidencias, destinos cruzados, hechos inexplicables, fuerzas misteriosas, fantasmas, dioses, ángeles y demonios?…  Yo sólo sé que hay muchas respuestas todavía inexploradas en las matemáticas… y en la magia.

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Antropología filosófica. Disertaciones 05.

5. SOMATIZAR.

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¿A lo largo de mi vida he somatizado alguna emoción o aspecto psicológico trascendental?

Una interesantísima pregunta que vale la pena analizar y responder.  He de ser sincero en que nunca me había preguntado esto.

Pero, ¿a qué se refiere el concepto de somatización? Así se le llama psicológicamente al trastorno llamado antiguamente “histeria crónica o síndrome de Briquet”, el cual especifica las manifestaciones que exteriorizan quienes padecen o han padecido esta aflicción, y que consisten en quejarse crónica y persistentemente de síntomas físicos (somáticos) que no presentan o evidencian un origen físico probable ni explicable; por tal motivo, una razón etiológica común, según afirman los psiquiatras y psicólogos, es que algunos conflictos psicológicos son expresados en signos físicos, somáticos o corporales. Esto último, por consecuencia lleva al paciente a consultar a diversos médicos intentando obtener un tratamiento para su supuesto mal o enfermedad. El DSM-IV lo tipifica como trastorno somatoforme, y establece cinco criterios para la sintomatología: 1. Historia de síntomas somáticos antes de los 30 años. 2. Dolor en al menos cuatro partes del cuerpo. 3. Dos problemas gastrointestinales que no sean dolor, v.gr.: diarrea o vómito. 4. Síntoma sexual, tal como falta de interés o disfunción eréctil. 5. Síntomas psiconeurológicos, similares a los del trastorno de conversión tales como desmayo, ceguera, afonía, parálisis parcial o total.

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Y bien, una vez sabido a qué se refiere la somatización, en mi caso -y hasta donde mi memoria no esté somatizada- no recuerdo nunca haber tenido ningún síntoma por el cual el médico no me haya dicho: “Es por esto, y tómese esto”. Todo ha quedado y se puede resumir en algunas gripes, laringitis, infecciones estomacales o intestinales; y finalmente colitis, que dizque porque soy muy aprensivo, “preocupón” y susceptible, y tengo colon irritable: hecho que  se resuelve con un buen omeprazol, y trimebutina, en las ocasiones en que abuso del café, del refresco de cola o del picante; o claro, porque me preocupo mucho si alguno de los nietos se enferma, o la cónyuge se fracturó una “pata”, o no me alcanzó el dinero para pagar las cuentas. Fuera de esto, prácticamente he sido un individuo muy sano, nunca he sido hospitalizado, no sé lo que es una fractura, no me han extirpado nada, ni siquiera las amígdalas.

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He deseado quedarme mudo, porque soy muy parlanchín, y ni siquiera eso. Mis culpas y emociones siempre las he canalizado a través de la música, cuando me siento frente al teclado y compongo alguna melodía. Cuando era católico, iba y me confesaba con el cura. Mas, cuando tuve la oportunidad de tener mi primer contacto con el psicoanálisis, fue como ver la luz y comprender mucho de lo que me preguntaba; porque mi subconsciente, mi inconsciente o como quieran llamarlo, se conectaba con el Ego y por fin yo alcanzaba un nivel de conciencia.

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Es decir, me di cuenta de muchos de mis traumas, complejos y frustraciones. Quedé en paz con los que pude; con los que no, ahí sigo cada día ayudándolos a emerger, a salir a la superficie. Del mismo modo, hacer de mi Súper ego algo flexible y menos apegado a creencias rígidas, más estructurado en una ética y menos en una moral. De este modo, al no ser católico, ni cristiano, no hubo necesidad de confesar ya nada, ni pedir perdón, ni temer un infierno, o pedir una penitencia para quedar en paz espiritual. El examen de conciencia es ya de índole ético y no religioso; mi deber es  conmigo mismo y con el prójimo; el proverbio antiguo de “No hagas a otros lo que no quieras para ti” cobró una dimensión inconmensurable. Ahora sabía que debía hacer lo correcto y justo porque era lo que la sabiduría ancestral dictaba, no por temor a un infierno o aspirar al agrado y aceptación divinos, ni por la felicidad en un paraíso imponderable…

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No lo sé, quizá nunca lo sepa. Tal vez no había nada qué somatizar. A lo mejor, parafraseando Gibrán Jalil Gibrán, “me salvé de ser comprendido”, y perdonado, cuando dejé el cristianismo y comprendí y acepté mi cuerpo -esa entidad incomprendida y discriminada por San Pablo y la doctrina cristiana.

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Y seguí la doctrina taoísta que dice: “El cuerpo tiene sus razones: Debemos reconocer primero sus necesidades; la satisfacción llegará luego.”

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“No es más importante el espíritu que el cuerpo, ambos son uno; cuando el alma da vida a un cuerpo, pasan a ser uno.

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Cuando el cuerpo muere, el alma espiritual se lleva las experiencias que tuvo con el cuerpo, mismas que le ayudan a crecer.” “Ningún ser humano es malo o bueno, sino presa de sus deseos egoístas y el apego a las cosas materiales”. “Aquel que es uno con la naturaleza sabe cómo vivir”. “La paz y la felicidad no está en el mundo, sino en el hombre que sigue el camino.” (Chuang-Tzu, 300 a.C).

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Sí, creo que al final encontré el camino (Tao). Y no ha habido necesidad de que el cuerpo pague por lo que no es responsable, ni antes ni ahora…

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