Antropología filosófica. Disertaciones 08.

8.       ¿Y LA MUERTE…?

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“Oh, vanidad, oh vano orgullo humano, si es absurda la forma en que morimos”, diría Agustín de Hipona, o San Agustín, como lo llama la iglesia católica. Pero morimos.

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La muerte es el misterio ancestral, el que da origen prácticamente a todos los principios metafísicos: Dios, el alma inmortal, el más allá, la otra vida, el juicio final. Diría también Ignacio de Loyola, en sus “Ejercicios Espirituales”: “No te acuestes ni una noche sin tener meditación sobre la muerte y el juicio; que a mi entender, dormir sobre la aspereza de estos hondos pensamientos, importa más que tener por almohada piedra o leño.”

La muerte desde el punto de vista físico y biológico es el cese de toda función orgánica, y por consecuencia la desaparición del individuo. Desde el punto de vista metafísico, y obviamente desde el punto de vista religioso, la muerte no es el fin, sino incluso el principio de otra etapa, otro ciclo del ser.

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La muerte y la vida son conceptos inseparables. Pero, como diría el cancionero popular, “No le temo a la muerte, más le temo a la vida; cómo cuesta morirse cuando el alma anda herida”. Y más allá de cualquier lance poético, la muerte sí es temida, porque es un misterio; porque por más que creamos en otra vida después de la muerte, sólo queda en eso: en una creencia, en una esperanza, en una ilusión. Después de la muerte no hay nada; nada que de inmediato nos asegure que de verdad sólo es una transición, una puerta, un paso, un cambio de vagón. Sólo queda la fe. Entonces es natural el temor a lo desconocido, a las tinieblas, al no saber qué hay después.

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¿Y si de verdad nuestra alma abandona el cuerpo y va a otra dimensión? ¿Pero cómo es esa dimensión? ¿Podemos comunicarnos con los muertos? Podemos creer lo que queramos. Si creemos en Dios, en el alma, en los espíritus superiores, en los demonios, ¿por qué no creer en otra “vida” después de la muerte? En que no todo acaba con la muerte.

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Todos los que hemos tenido un ser querido que ha muerto, sabemos que es lo más doloroso anímicamente que pueda existir. Porque la existencia sensible se acaba; ya no hay más. Y por mucho que la Tanatología se esfuerce por darte razones y justificaciones, la verdad es que no las hay. La única razón es que murió, lo único que sé es que ya no está, y la única justificación es que siempre nos parecerá injusto. Cuando yo acudo a un velorio, abrazo a los deudos y no digo una sola palabra: ¿qué puedes decir ante la muerte? Ante la muerte sólo hay silencio o cantos, y lágrimas… Decir lo usual: “Ya está mejor”… ¡No lo sabemos!  Decir lo obvio, es también el juego de la muerte: “Ya no sufre”… “Se fue antes…” “Era una gran persona…” Y eso sólo sirve para llenar el silencio y la ausencia con sonidos, con palabras que quieren decir mucho, pero no dicen nada…

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La muerte es, finalmente, alegoría e ironía, una forma para  poder coquetear con ella e intentar temerla menos:

“Ven dame un beso, pelona, que ando huérfano de amores.”

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Sin embargo, cuando se está en el trance de morir, cuán solo se debe sentir el moribundo; y ése es otro temor aparejado con la muerte, que uno muere solo, así como nace solo.

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Por más que te aferres a la mano del amigo, del familiar, del ser querido, no hay quién se vaya contigo. La muerte es solitaria, y la soledad siempre asusta.

Cuando la muerte te sorprende, súbitamente, sin aviso, en un accidente fatal, quizá es la menos inquietante; a veces no hay tiempo de darse cuenta. Cuando estás enfermo, más si es de una enfermedad terminal, o cuando estás en los últimos años de tu vida, la muerte se torna gravosa; es como saber que ya está ahí, pero no sabes en qué momento todo acaba. Cuando le preguntaron a Julio Cesar que si pudiera escoger, cuál muerte elegiría, contestó: “De subitum”, es decir: la inesperada…

Y es que la vida se nutre del pasado, del presente y del futuro, porque la vida está hecha de recuerdos, de experiencias, de vivencias, de proyectos y de sueños, y a todo eso la muerte llega a ponerle fin.

 TAGS:undefinedAl que muere, hasta el último aliento, hasta el último segundo de vida, sólo le queda pensar -si puede- que ya no hay tiempo, que el reloj está a punto de detenerse…

Y si tuviéramos, como en los aeropuertos o las terminales de autobuses, un momento antes de abordar, para despedirnos y decir algo, tendría que ser a la vida, a ésa que bien o mal tuvimos, a esa vida que fue nuestra. Y como Amado Nervo, parafrasear diciendo:

“…Vida nada te debo, Vida nada me debes: estamos en paz”.

Y que cuando alguien pregunte: “Díganos, ¿cómo murió?”, la respuesta debería ser:

“No…No les vamos a decir cómo murió, les vamos a decir, cómo vivió.”

Eso es lo que verdaderamente importa. Porque nuestra vida pudo haber sido errada, alocada, discutible, en la mayoría de los casos, incluso insatisfecha, pero nunca absurda. En cambio, la muerte, nunca sabremos con certeza si fue absurda, aunque así nos lo parezca.

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Antropología filosófica. Disertaciones 07.

7.       ¿HACIA DÓNDE VOY…?

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Siempre hay un momento en la vida en que la pregunta “¿hacia dónde voy?” nos detiene en el camino y nos hace mirar hacia atrás, obligándonos a reflexionar en si vamos en el rumbo correcto, o si ese es el camino que queremos continuar. Pero lo que quizás es todavía más perturbador es preguntarnos si el camino que recorremos, el camino que hemos tomado, el camino que en algún momento elegimos, es el que queríamos andar.

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Pero independientemente de esto, ¿cuál es la respuesta a la pregunta inicial?

Bueno, para dar una respuesta hay que ir a los orígenes.

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Pienso que desde que somos niños queremos ser algo y esa idea se enlaza automáticamente con un rumbo a seguir, el rumbo que traza el camino que nos lleva hacia lo que queremos lograr en la vida.

Pero ese camino no está hecho; debemos construirlo. Creo que nuestra vida se liga con ese propósito de ser algo, algo que dé sentido a nuestra vida precisamente.

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Y ser algo, de primera instancia no parte de un razonamiento; al principio, ser algo que deseamos, y caminar hacia la consecución de esa intención,  lo provoca una idea, una imagen, un sentimiento, una emoción.

En mi caso particular, yo deseaba ser músico. Cuando tenía ocho años de edad, hice mi primera comunión, y oí por primera vez la música del órgano monumental.

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Esa sensación jamás la podré olvidar; sensación cuasi orgásmica, que desembocó en una emoción, y luego una mezcla de sentimientos, y finalmente una idea infantil: “¡Quiero ser sacerdote!” Me imaginaba, como el ministro religioso que oficiaba la misa en ese momento, rodeado de aquella música y yo a mi vez oficiando la misa católica que, obviamente para mi mente de niño, era un todo con las notas producidas por el órgano parroquial.

Por una razón extraña, nunca nadie supo de mi vocación musical y mi amor por la música.

Mientras estuve con los jesuitas, de acólito, de bibliotecario, de estudiante seminarista, sentí que no necesitaba más.

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Pero, crecí y mi camino, no sé dónde, ya no era el que yo me imaginaba.

¿Me engañaron mis sentidos? No lo creo; el problema es que a veces no sabemos cómo construir ese camino.

Y la toma de decisiones para lograrlo no son siempre ni las correctas ni las adecuadas.

Con los jesuitas conocí el teatro, y de ese modo mi personalidad y el arte dramático se enamoraron, aun cuando mi corazón seguía enamorado de la música.

Y como a veces ocurre con las personas, me casé con el teatro, pero mi gran amor ha sido siempre la música, y hemos sido amantes.

Aprendí a tocar en una guitarra, luego en un órgano electrónico, cuando pude comprarlo. Tengo una veintena de composiciones originales. Voy por la calle y de pronto oigo una melodía nueva en mi cabeza; trato de no olvidarla y en cuanto puedo, la traslado al teclado melódico… TAGS:undefined

En fin, ¿y mi camino, a dónde me ha llevado? Es curioso, pero las decisiones son el verdadero camino. Dejé a los jesuitas, y  la carrera del sacerdocio, que no era para mí.

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Estudié letras dramáticas y teatro, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y ésa ha sido mi profesión: hacer teatro; escribir teatro, enseñar técnicas actorales, actuar, producir, dirigir… poner en escena  una obra teatral.

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Me casé, tuve un hijo y una hija, tengo tres nietos vivos, una compañera que ha estado a mi lado, realmente en las buenas y en las malas. Y una carrera teatral que dejé cuando mi primer nietecito fue diagnosticado con leucemia, a los dos años tres meses de edad, y falleció 15 días antes de cumplir 6 años de vida.

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Un niño, que mi hija decidió dejarlo con nosotros porque para ella era demasiado la realidad de aquella situación. Un nietecito que de pronto era ya “mi hijo”. Un nene padeciendo una enfermedad prácticamente incurable, que su madre sólo veía los domingos o cuando estaba internado en el hospital. Un nene que me enseñó la fortaleza ante el sufrimiento, el amor incondicional, el significado de vivir… y el de morir. TAGS:undefined

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora después de varios años de su fallecimiento (murió un 13 de abril de 2009), en mi camino nebuloso se vislumbra un propósito olvidado, un sendero que alguna vez exploré cuando estaba en los últimos años de la carrera de Letras Dramáticas y Teatro, en Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México:

la Psicología.

Un sendero que ahora es un camino, un nuevo camino. Ya no podré dedicarle mucho tiempo, lo sé. Pero es a donde voy ahora. Mi camino, el que construí, no era el que imaginé de niño, pero es el que he andado. Y pude construirlo lo mejor que pude.

Logré satisfacciones insospechadas; la verdad y la realidad fueron un hecho sensible, porque el teatro fue, en la analogía de una esposa, una gran aventura y un gran proyecto, una incomparable compañera.   TAGS:undefined

Ese camino fue rico en experiencias y conocimientos, me hizo en mucho lo que soy…

Me dio enormes momentos de felicidad, le dio sentido a mi vida. Pero lo más sustancial es que ese camino que construí con mis decisiones, me dio la posibilidad de vislumbrar nuevos horizontes y un auto-conocimiento inconmensurable.

Y es que ese camino no fue, al final, sólo mi propósito de niño, sino que confluyó en él todo lo que es parte de mi vida:

Mi familia, mi perra, mi casa, mi auto, mis libros, mi carrera, mis alumnos… mis amores… TODO….

 

Es muy difícil tener las respuestas a tantas preguntas ontológicas y existenciales de nuestra vida. Pero es imprescindible intentarlo. Quizá es la única manera de entendernos, de descubrir misterios, de acceder a esos recónditos rincones de nuestro ser.

Descartes, Spinoza, Leibniz, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Platón, Aristóteles, Sócrates, etcétera, descubrieron sus ideas, su  pensamiento y su visión del mundo y el ser humano, de un modo muy humano: reflexionando, cuestionando, analizando, y -en el sentido estricto de la palabra- filosofando….

Antropología filosófica. Disertaciones 06.

6.       ¿Y EL SER SUPREMO?

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Desde que el ser humano deambula por la tierra, algo dentro de sí mismo, en algún lugar inadvertido y misterioso, le hace presentir que hay una presencia incomprensible e inconmensurablemente poderosa que crea, ordena y rige el universo. Asimismo, este ser humano se da cuenta que, en comparación con los demás seres vivos, él es sumamente especial y dotado con capacidades diferentes, y por tanto su papel en ese universo, que apenas comienza a conocer, debe ser también especial y determinado.  ¿Por quién? ¿O serán varios los creadores?

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Dada la variedad de fenómenos misteriosos e inexplicables, bien podrían ser varios los seres omnipotentes, y seguramente inmortales, los  que determinan los sucesos cósmicos, incluido el destino del ser humano.

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No hay civilización, que no tenga religión o doctrina; desde el concepto más primitivo totémico, pasando por los dioses míticos, hasta el monoteísmo más radical, ahí está el Ser supremo, solo o en compañía de otros como él. Creador colegiado o creador único, pero ahí está.

 TAGS:undefined                                     TAGS:undefined

 TAGS:undefined                      TAGS:undefinedY no hay decisión humana que no esté vinculada, matizada, subordinada, influenciada, inconsciente o conscientemente, a la doctrina y al concepto divino que la determina.

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Aun el individuo más materialista y ateo no puede negar que muy en el fondo sigue presintiendo una razón sobrenatural que sobrepasa su razón. De hecho, se podría suponer que nadie nace siendo ateo. Que primero necesita tener conocimiento y conciencia del concepto de Dios para poder negarlo.

En la medida que el ser humano necesita creer en algo superior, como el niño necesita creer en su madre y en su padre, así el hombre por más poderoso que sea, siente y sabe que hay un punto en donde ya no hay conocimiento, y esa inmensidad, ese enorme vacío inaccesible a la razón y al mayor conocimiento, pertenece a Dios.

¿Por qué nuestras vidas, de una u otra manera, cobran sentido con la divinidad?… Porque, el ser humano tiene en su ser una percepción metafísica de sí mismo y del cosmos. Y Dios es el principio y fin metafísico por antonomasia. La propia psicología como conocimiento y como ciencia en ciernes, no está muy segura de prescindir del concepto de Dios, por más que Nietzsche lo proponga. Eso es elemental y consecuente, porque la psicología es -en mucho- un conocimiento que hunde sus raíces en la filosofía, en la mitología, en la antropología, y hasta, curiosamente, en la teología.

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Sin embargo, siempre quedará colgada de los signos de interrogación la pregunta: ¿Pero, verdaderamente mis decisiones son mías, o de una u otra manera son decretadas por una fuerza superior, un Ser supremo; mismo que determina mi destino, mi vida y mis acciones? La posible respuesta invariablemente será una profesión de fe; misma que dependerá del tipo de creencia que se tenga. Hay creencias religiosas como la cristiana, que dicen: “Nada se mueve sin la voluntad de Dios”, ¡contundente!… Otras, como la hinduista y la budista hablan del karma, otro tipo de predestinación, que incluye la reencarnación… Ya los antiguos griegos y romanos, decían ante cualquier suceso fuera de su control y su poder: “Es voluntad de los dioses…”

Pero, yo ¿qué creo?…

Creo -partiendo de mi renovada creencia taoísta-  que hay un Principio y fin de todo, que ese Ser supremo debe existir, pero como una razón imprescindible del porqué de las cosas; no como una figura supra-humana que te concede lo que pidas.

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Ya no un dios sino un Ser, inconcebible; innombrable, no porque no se pueda decir su nombre, sino porque al nombrarlo podríamos nombrar otra cosa. Un Ser que no me predestina, sino me deja en una dimensión donde hay reglas, leyes, de acuerdo a cada naturaleza, para poder funcionar; como en un juego, donde cada quien juega con decisiones propias, pero siguiendo las reglas para evitar el caos. ¿Cuál es el fin, el propósito de todo? ¿La iluminación?…

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Nadie lo sabe a ciencia cierta.  Dentro de los millones de años del universo, son miles de años de existencia humana, y ¿no deberíamos saber ya nuestro propósito en este mundo?…

Con la ciencia y la epistemología, semejantes a una linterna de mano, seguimos buscando en las grandes tinieblas del conocimiento la razón de todo: del cosmos, de nosotros mismos. Y no lo sabemos aún. En las infinitas coordenadas del tiempo, del espacio y del movimiento, nuestras acciones coinciden; chocan, se entremezclan, y repercuten en las de los demás seres y eventos cósmicos…

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¿Preguntamos que si hay predestinación, coincidencias, destinos cruzados, hechos inexplicables, fuerzas misteriosas, fantasmas, dioses, ángeles y demonios?…  Yo sólo sé que hay muchas respuestas todavía inexploradas en las matemáticas… y en la magia.

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Antropología filosófica. Disertaciones 05.

5. SOMATIZAR.

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¿A lo largo de mi vida he somatizado alguna emoción o aspecto psicológico trascendental?

Una interesantísima pregunta que vale la pena analizar y responder.  He de ser sincero en que nunca me había preguntado esto.

Pero, ¿a qué se refiere el concepto de somatización? Así se le llama psicológicamente al trastorno llamado antiguamente “histeria crónica o síndrome de Briquet”, el cual especifica las manifestaciones que exteriorizan quienes padecen o han padecido esta aflicción, y que consisten en quejarse crónica y persistentemente de síntomas físicos (somáticos) que no presentan o evidencian un origen físico probable ni explicable; por tal motivo, una razón etiológica común, según afirman los psiquiatras y psicólogos, es que algunos conflictos psicológicos son expresados en signos físicos, somáticos o corporales. Esto último, por consecuencia lleva al paciente a consultar a diversos médicos intentando obtener un tratamiento para su supuesto mal o enfermedad. El DSM-IV lo tipifica como trastorno somatoforme, y establece cinco criterios para la sintomatología: 1. Historia de síntomas somáticos antes de los 30 años. 2. Dolor en al menos cuatro partes del cuerpo. 3. Dos problemas gastrointestinales que no sean dolor, v.gr.: diarrea o vómito. 4. Síntoma sexual, tal como falta de interés o disfunción eréctil. 5. Síntomas psiconeurológicos, similares a los del trastorno de conversión tales como desmayo, ceguera, afonía, parálisis parcial o total.

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Y bien, una vez sabido a qué se refiere la somatización, en mi caso -y hasta donde mi memoria no esté somatizada- no recuerdo nunca haber tenido ningún síntoma por el cual el médico no me haya dicho: “Es por esto, y tómese esto”. Todo ha quedado y se puede resumir en algunas gripes, laringitis, infecciones estomacales o intestinales; y finalmente colitis, que dizque porque soy muy aprensivo, “preocupón” y susceptible, y tengo colon irritable: hecho que  se resuelve con un buen omeprazol, y trimebutina, en las ocasiones en que abuso del café, del refresco de cola o del picante; o claro, porque me preocupo mucho si alguno de los nietos se enferma, o la cónyuge se fracturó una “pata”, o no me alcanzó el dinero para pagar las cuentas. Fuera de esto, prácticamente he sido un individuo muy sano, nunca he sido hospitalizado, no sé lo que es una fractura, no me han extirpado nada, ni siquiera las amígdalas.

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He deseado quedarme mudo, porque soy muy parlanchín, y ni siquiera eso. Mis culpas y emociones siempre las he canalizado a través de la música, cuando me siento frente al teclado y compongo alguna melodía. Cuando era católico, iba y me confesaba con el cura. Mas, cuando tuve la oportunidad de tener mi primer contacto con el psicoanálisis, fue como ver la luz y comprender mucho de lo que me preguntaba; porque mi subconsciente, mi inconsciente o como quieran llamarlo, se conectaba con el Ego y por fin yo alcanzaba un nivel de conciencia.

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Es decir, me di cuenta de muchos de mis traumas, complejos y frustraciones. Quedé en paz con los que pude; con los que no, ahí sigo cada día ayudándolos a emerger, a salir a la superficie. Del mismo modo, hacer de mi Súper ego algo flexible y menos apegado a creencias rígidas, más estructurado en una ética y menos en una moral. De este modo, al no ser católico, ni cristiano, no hubo necesidad de confesar ya nada, ni pedir perdón, ni temer un infierno, o pedir una penitencia para quedar en paz espiritual. El examen de conciencia es ya de índole ético y no religioso; mi deber es  conmigo mismo y con el prójimo; el proverbio antiguo de “No hagas a otros lo que no quieras para ti” cobró una dimensión inconmensurable. Ahora sabía que debía hacer lo correcto y justo porque era lo que la sabiduría ancestral dictaba, no por temor a un infierno o aspirar al agrado y aceptación divinos, ni por la felicidad en un paraíso imponderable…

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No lo sé, quizá nunca lo sepa. Tal vez no había nada qué somatizar. A lo mejor, parafraseando Gibrán Jalil Gibrán, “me salvé de ser comprendido”, y perdonado, cuando dejé el cristianismo y comprendí y acepté mi cuerpo -esa entidad incomprendida y discriminada por San Pablo y la doctrina cristiana.

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Y seguí la doctrina taoísta que dice: “El cuerpo tiene sus razones: Debemos reconocer primero sus necesidades; la satisfacción llegará luego.”

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“No es más importante el espíritu que el cuerpo, ambos son uno; cuando el alma da vida a un cuerpo, pasan a ser uno.

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Cuando el cuerpo muere, el alma espiritual se lleva las experiencias que tuvo con el cuerpo, mismas que le ayudan a crecer.” “Ningún ser humano es malo o bueno, sino presa de sus deseos egoístas y el apego a las cosas materiales”. “Aquel que es uno con la naturaleza sabe cómo vivir”. “La paz y la felicidad no está en el mundo, sino en el hombre que sigue el camino.” (Chuang-Tzu, 300 a.C).

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Sí, creo que al final encontré el camino (Tao). Y no ha habido necesidad de que el cuerpo pague por lo que no es responsable, ni antes ni ahora…

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Antropología filosófica. Disertaciones 04.

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4. MI FELICIDAD.

¿He sido feliz? ¿Soy feliz? Son preguntas que van más allá de cualquier definición, concepto o creencia. Porque son lo que verdaderamente importa. ¿De qué sirve, saber qué es la felicidad bajo su diversidad conceptual o la creencia en lo que significa ser feliz bajo la filosofía o religión que la describa, si en la propia vida personal y particular de cada individuo no se percibe a sí mismo como un ser feliz o que puede ser feliz?

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A lo largo de mi vida, desde que era un niño, la felicidad se ha presentado con diversas facetas: la más sencilla era la de ser feliz con las cosas más simples: una paleta de leche -de aquellas que cuando yo era niño eran la novedad porque tenían la forma de una carita y costaban cincuenta centavos…

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Un paseo por la feria, que se ponía a un lado del mercado y cada año era esperarla con ilusión, porque entonces podía comerme un elote con mayonesa, un algodón de azúcar color de rosa montado en su palito,  TAGS:una manzana confitada, unos “hot cakes” de cajeta o mermelada de fresa, y subirse a la rueda de la fortuna, el gusano, ir al tiro al blanco y con suerte ganarse una figura de barro con la figura de un conejo o un perrito.

Sí, yo era feliz… Pero contar todos los momentos felices que viví cuando era niño, es muy largo; baste reconocer que recuerdo más momentos felices de mi infancia que de mi vida adulta. Y es extraño, porque la niñez también la recuerdo como una etapa de miedos y zozobra. Mi padre campesino y mi madre analfabeta no podían allegarse una vida muy pródiga que digamos; éramos más bien una familia pobre, a tal grado que mis ocho hermanos nunca los conocí porque los fueron encargando con los amigos y conocidos que mis padres encontraban por el camino. Sólo recuerdo una hermana que tenía catorce años cuando yo tenía tres, y que de pronto desapareció y jamás volví a saber de ella…

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Fue el momento más infeliz de mi vida. Y de ahí en adelante, sólo recuerdo a “la sagrada familia” como más tarde yo le llamaba: Papá, mamá y yo…  Pero supongo que harían un esfuerzo especial en la penuria, porque recuerdo aquellos momentos de la feria.

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Mi adolescencia fue más difícil, mi padre tuvo una embolia y prácticamente quedó impedido para valerse por sí mismo.

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Comencé a trabajar a los 13 años y mi felicidad estaba ahora en los libros y en las revistas ilustradas de Walt Disney.

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También, en las matinées de cine los domingos, y en ayudar al padre en la iglesia como acólito.

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Al final de la adolescencia y entrando a la juventud temprana, en el lapso de los 15 a los 18 años, descubrí dos nuevos placeres que me dieron momentos de felicidad inolvidables: jugar futbol y hacer teatro.

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Y en lo sucesivo, los momentos de felicidad y los momentos infelices se turnaron, porque ya para entonces yo trabajaba formalmente en el IMSS, y estudiaba la prepa.
 TAGS:En el último año de la prepa conocí a Isabel, nos hicimos novios y los momentos felices tomaron un cariz erótico; pero, los momentos infelices aparecieron en forma de celos y caprichos insatisfechos. Finalizó la prepa y a punto de entrar a la UNAM, a la carrera de Letras dramáticas, en la Facultad de Filosofía y Letras, me casé con Isabel y comenzó una nueva etapa de mi vida con una manera de ser feliz e infeliz totalmente nueva.

En esta nueva etapa de mi vida, a los 20 años, casado, podría decir que mi felicidad era completa. Tenía alguien con quien incluso esa felicidad se podía compartir. Tenía alguien que cuando era feliz, yo era feliz; pero también conocí una nueva modalidad de infelicidad: la de que si ella, Isabel, no era feliz, yo perdía mi felicidad.

A los cinco meses de casados concebimos nuestro primer hijo y fue una felicidad desbordante cuando nació el bebé. Luego, a los dos años llegó una niña….

Isabel, tuvo problemas y le extirparon la matriz. Yo, por mi parte, decidí hacerme lavasectomía.  TAGS:

Y fueron momentos extraños de felicidad por la bebita que ahora llegaba, pero de infelicidad por el estado de Isabel.

Y podría relatar cada momento de felicidad y de infelicidad, curiosamente siempre aparejados, mostrándome que la felicidad no es perenne, que la felicidad termina cuando la infelicidad toma su lugar. Y que es más fácil ser infeliz que feliz, porque la felicidad es tan frágil como las alas de una mariposa. Que ser feliz exige un esfuerzo por ser feliz, como cuando era niño, con las cosas simples, sin darle importancia a las cosas que no la tienen; y que la felicidad esta en relación directa con mi fragilidad.

¿He sido feliz? Sí; no tanto como hubiera querido, porque mi principal antagonista he sido yo mismo. ¿Soy feliz? Sí, ahora más fácilmente que antes. Los momentos infelices son ahora aquellos que logran sorprenderme…

 TAGS:¿Cómo lo he logrado? Como en el ajedrez, cada día proponiéndome aprender nuevas estrategias para ser feliz. Aplicando esa enseñanza del sabio taoísta: “Aquel que sabe cómo vivir, no tiene cabida en su alma para la desgracia”.  -¿Y cómo aprender a vivir, maestro?“Aprendiendo cada día del error que te lleva al fracaso…, pero no olvides que el error se viste de muchas maneras, y hay que estar alerta para reconocerlo.

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El sabio no es perfecto por eso debe conocer sus limitaciones, y su sabiduría radica en reconocer sus errores. Por eso, el verdadero sabio predica una doctrina sin palabras…

y lleva la alegría en su corazón”.

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Antropología filosófica. Disertaciones 03.

 

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3. LA FELICIDAD.

La búsqueda de la felicidad ha sido uno de los objetivos primordiales del ser humano. La vida humana no podría concebirse sin el estado de felicidad. Sin embargo, dado que la vida en su contexto natural es típicamente hostil, confrontadora, agreste y violenta, el ser humano vislumbró la felicidad como un estado efímero, transitorio y precario. La felicidad es evidente que se entiende como un estado de bienestar, de comodidad, de placer, de satisfacción; el hombre primitivo, todavía con un pensamiento filosófico incipiente, rudimentario, más metafísico que racional, probablemente no se ponía a pensar qué era la felicidad y cómo obtenerla, sino que seguramente era feliz cuando había conseguido su alimento, y cuando no se sentía amenazado por algún peligro potencial. No es sino hasta que la humanidad alcanza un grado de civilización y prosperidad relativa cuando tiene el tiempo y la madurez mental para reflexionar, cavilar y conceptualizar la noción de felicidad.

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Pero cuando los sabios reflexionan en la felicidad, para entonces ya tienen un cúmulo de ideas y conceptos que no facilitan una definición sencilla. Las ideas del alma, el cuerpo, la divinidad, el propósito del hombre sobre la tierra, etcétera, no facilitan la razón de ser de la felicidad, sino al contrario: ahora lo que de principio se apreciaba como una condición inherente a la vida y la naturaleza humana, como un estado consecuente del proceso vital, se complica al entrar en un proceso filosófico, metafísico, religioso e incluso moral. El alma y el cuerpo fundamentalmente son el punto de partida para intentar descifrar por qué el hombre no alcanza la felicidad tan fácilmente. Por consiguiente, al pensar en esto, se destaca el propósito y fin del hombre cósmicamente como un elemento que orienta la razón de la felicidad. Es decir, al formularse la pregunta existencial ¿para qué viene el hombre a este mundo material tan de primera instancia adverso?¿cuál es su principio y fin, su razón de ser?, ¿el alma tiene qué ver con la felicidad o es el cuerpo el que obstaculiza la felicidad?

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Todas éstas y muchas preguntas más han sido respondidas por los pensadores de todos los tiempos. Mas el hombre sigue preguntándose si es feliz, ¿soy feliz?, eso es lo único que no cambia, y con las definiciones de la filosofía, la psicología, la ciencia, y la religión, el ser humano transita de la felicidad a la infelicidad. Incluso el concepto de virtud, como idea de excelencia entre los griegos, pasando por la noción de rectitud y don preciado del Cielo en el pensamiento oriental, ha jugado un papel sustancial y preponderante en la consecución de la felicidad. El hombre virtuoso es por consecuencia feliz, porque es el mejor, es excelente; el hombre recto, o con la gracia divina imbuida en su alma, es por ende feliz; el santo, el místico, es feliz. El lleno de amor, dice la religión cristiana, es feliz. El hombre que renuncia al deseo, alcanza el Nirvana, dice Buda, porque el sufrimiento es la causa de la infelicidad, y el deseo causa el sufrimiento, el deseo como el impulso por poseer las cosas materiales.

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Sólo el loco es feliz, decía un filósofo, no recuerdo cuál, porque el loco no se da cuenta, porque no es consciente; lo cual presupone que la felicidad se da en la inconsciencia, que saber y darnos cuenta de la realidad nos impide ser felices. En este ámbito, la psicología tendría que responder, y el psicoanálisis tendría la clave de la felicidad en el inconsciente. Al final de cuentas, son tantos los caminos, las preguntas y las respuestas, así como los sabios y científicos, los médicos y sacerdotes, que darían su versión y su propuesta, como los infelices que pululan por el mundo.

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Yo pienso que la felicidad es un estado de equilibrio, de armonía; que va de la mano del estado homeostático biológico, pero también va de la mano del estado anímico erótico en el sentido total y etimológico de la palabra: amor, placer. Y que efectivamente, como en los tiempos primitivos, ese estado es muy difícil de tener si hay necesidades primordiales insatisfechas. Por supuesto, también está la capacidad metafísica para lograr la felicidad por encima de estas cosas, como enseñaba Buda, como proponía Cristo, como expresaba Lao Tzu… En el fondo de cada ser humano está la razón de su infelicidad y su felicidad.

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Antropología filosófica. Disertaciones 02.

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2. EL CUERPO.

¿Qué es el cuerpo?
El cuerpo es considerado desde el punto de vista biológico, religioso, filosófico y psicológico como una estructura material. También, como el alma, se considera desde el punto de vista religioso, creado por una entidad divina, y desde el punto de vista biológico, como producto de la evolución.

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El cuerpo a diferencia del alma, es materialmente sensible, es decir prácticamente se puede tocar, ver, oír, oler y gustar. Por esta razón es más fácil estudiar el cuerpo directa y experimentalmente, a diferencia del alma y lo subjetivo, como las ideas, los pensamientos y los sentimientos, que hasta la fecha no hay instrumentos de laboratorio que estudien directamente su fenomenología.

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Pero el cuerpo, a pesar de toda la ciencia, no deja de ser un misterio; es un instrumento orgánico prácticamente perfecto. Tiene regiones inexploradas y aún hoy en día desconocidas, como algunas partes del cerebro. Un fenómeno que va ligado al cuerpo es el de la vida, un hecho misterioso que no es posible replicar en el laboratorio. Y este misterio es el que promueve que el cuerpo sea un concepto también metafísico, ligado transversalmente con la idea religiosa de que el cuerpo es el recipiente material del alma.
Pero, ¿qué significa tener cuerpo? Significa pertenecer a una dimensión concreta: el mundo material, sensible, cualitativo y cuantitativo. La misma definición añeja dice, simple y llanamente: “Un cuerpo es aquello que ocupa un lugar en el espacio”. Es decir, mi cuerpo, los cuerpos, llenan un vacío, un hueco, en la dimensión cósmica. Y cuando el cuerpo deje de existir, cuando se convierta en polvo, y luego en energía, ya no será un cuerpo. Será otra cosa. De esta reflexión deriva la idea metafísica y religiosa de ¿qué pasa con el cuerpo cuando muere, ahí acaba todo? Biológicamente, estamos acostumbrados al hecho de qué cuando el cuerpo muere, ahí acaba todo; pero la filosofía opina que el cuerpo al tener significado anímico debe tener otro fin. La religión, específicamente la cristiana, lo resuelve diciendo que el cuerpo muere pero puede ser resucitado en algún momento determinado por el Creador. ¿De dónde surge esta creencia, tanto filosófica como religiosa? Quizá tenga que ver con la pregunta:  ¿Tiene alguna relación el cuerpo con el alma? Precisamente ésta es la razón por la que el cuerpo cobra su significado metafísico. Aristóteles es el mayor promotor de la dicotomía alma-cuerpo, al afirmar que el alma es el principio activo del cuerpo.

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¿Por qué es importante el cuerpo?, porque filosóficamente, en unión con el alma, es la parte consubstancial del ser humano. En otras palabras: el ser humano es alma y cuerpo, una diada indisoluble. Al fin y al cabo, la interpretación nos lleva a considerar al cuerpo como recipiente material del alma, como el vehículo que necesita el conductor virtual para relacionarse con el mundo material.

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Pero independientemente del pensamiento filosófico o religioso, al percibir nuestro cuerpo surgen un sinfín de ideas, sensaciones, incluso sentimientos, que nos hace reflexionar en que este maravilloso organismo, es algo más que un simple jarrón poético, o un exótico transporte para la presencia intangible del alma y el espíritu. Yo siento, percibo mi cuerpo y no puedo desvincularlo de la parte subjetiva, interior, anímica. No siento lo mismo que cuando me subo a mi auto y me siento uno con él, a tal grado que puedo percibir a través de él, como si la carrocería fuera una extensión de mi piel. No, mi cuerpo, mi alma, mi mente y mi espíritu son una sola unidad.

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Si mi alma necesita un cuerpo, es porque el cuerpo es parte esencial para comprender el mundo material y sus leyes físicas. No es ya un traje, es verdaderamente el alma encarnada, con piel propia, con sentidos; es más, en una comparación burda, como un “transformer”, una máquina con alma… Por eso al morir, yo creo que el espíritu guarda y conserva la forma corporal, como una identidad completa, para reconocerse.

Sin cuerpo, ¿cómo podría?

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