Antropología filosófica. Disertaciones 06.

6.       ¿Y EL SER SUPREMO?

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Desde que el ser humano deambula por la tierra, algo dentro de sí mismo, en algún lugar inadvertido y misterioso, le hace presentir que hay una presencia incomprensible e inconmensurablemente poderosa que crea, ordena y rige el universo. Asimismo, este ser humano se da cuenta que, en comparación con los demás seres vivos, él es sumamente especial y dotado con capacidades diferentes, y por tanto su papel en ese universo, que apenas comienza a conocer, debe ser también especial y determinado.  ¿Por quién? ¿O serán varios los creadores?

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Dada la variedad de fenómenos misteriosos e inexplicables, bien podrían ser varios los seres omnipotentes, y seguramente inmortales, los  que determinan los sucesos cósmicos, incluido el destino del ser humano.

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No hay civilización, que no tenga religión o doctrina; desde el concepto más primitivo totémico, pasando por los dioses míticos, hasta el monoteísmo más radical, ahí está el Ser supremo, solo o en compañía de otros como él. Creador colegiado o creador único, pero ahí está.

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 TAGS:undefined                      TAGS:undefinedY no hay decisión humana que no esté vinculada, matizada, subordinada, influenciada, inconsciente o conscientemente, a la doctrina y al concepto divino que la determina.

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Aun el individuo más materialista y ateo no puede negar que muy en el fondo sigue presintiendo una razón sobrenatural que sobrepasa su razón. De hecho, se podría suponer que nadie nace siendo ateo. Que primero necesita tener conocimiento y conciencia del concepto de Dios para poder negarlo.

En la medida que el ser humano necesita creer en algo superior, como el niño necesita creer en su madre y en su padre, así el hombre por más poderoso que sea, siente y sabe que hay un punto en donde ya no hay conocimiento, y esa inmensidad, ese enorme vacío inaccesible a la razón y al mayor conocimiento, pertenece a Dios.

¿Por qué nuestras vidas, de una u otra manera, cobran sentido con la divinidad?… Porque, el ser humano tiene en su ser una percepción metafísica de sí mismo y del cosmos. Y Dios es el principio y fin metafísico por antonomasia. La propia psicología como conocimiento y como ciencia en ciernes, no está muy segura de prescindir del concepto de Dios, por más que Nietzsche lo proponga. Eso es elemental y consecuente, porque la psicología es -en mucho- un conocimiento que hunde sus raíces en la filosofía, en la mitología, en la antropología, y hasta, curiosamente, en la teología.

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Sin embargo, siempre quedará colgada de los signos de interrogación la pregunta: ¿Pero, verdaderamente mis decisiones son mías, o de una u otra manera son decretadas por una fuerza superior, un Ser supremo; mismo que determina mi destino, mi vida y mis acciones? La posible respuesta invariablemente será una profesión de fe; misma que dependerá del tipo de creencia que se tenga. Hay creencias religiosas como la cristiana, que dicen: “Nada se mueve sin la voluntad de Dios”, ¡contundente!… Otras, como la hinduista y la budista hablan del karma, otro tipo de predestinación, que incluye la reencarnación… Ya los antiguos griegos y romanos, decían ante cualquier suceso fuera de su control y su poder: “Es voluntad de los dioses…”

Pero, yo ¿qué creo?…

Creo -partiendo de mi renovada creencia taoísta-  que hay un Principio y fin de todo, que ese Ser supremo debe existir, pero como una razón imprescindible del porqué de las cosas; no como una figura supra-humana que te concede lo que pidas.

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Ya no un dios sino un Ser, inconcebible; innombrable, no porque no se pueda decir su nombre, sino porque al nombrarlo podríamos nombrar otra cosa. Un Ser que no me predestina, sino me deja en una dimensión donde hay reglas, leyes, de acuerdo a cada naturaleza, para poder funcionar; como en un juego, donde cada quien juega con decisiones propias, pero siguiendo las reglas para evitar el caos. ¿Cuál es el fin, el propósito de todo? ¿La iluminación?…

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Nadie lo sabe a ciencia cierta.  Dentro de los millones de años del universo, son miles de años de existencia humana, y ¿no deberíamos saber ya nuestro propósito en este mundo?…

Con la ciencia y la epistemología, semejantes a una linterna de mano, seguimos buscando en las grandes tinieblas del conocimiento la razón de todo: del cosmos, de nosotros mismos. Y no lo sabemos aún. En las infinitas coordenadas del tiempo, del espacio y del movimiento, nuestras acciones coinciden; chocan, se entremezclan, y repercuten en las de los demás seres y eventos cósmicos…

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¿Preguntamos que si hay predestinación, coincidencias, destinos cruzados, hechos inexplicables, fuerzas misteriosas, fantasmas, dioses, ángeles y demonios?…  Yo sólo sé que hay muchas respuestas todavía inexploradas en las matemáticas… y en la magia.

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Antropología filosófica. Disertaciones 05.

5. SOMATIZAR.

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¿A lo largo de mi vida he somatizado alguna emoción o aspecto psicológico trascendental?

Una interesantísima pregunta que vale la pena analizar y responder.  He de ser sincero en que nunca me había preguntado esto.

Pero, ¿a qué se refiere el concepto de somatización? Así se le llama psicológicamente al trastorno llamado antiguamente “histeria crónica o síndrome de Briquet”, el cual especifica las manifestaciones que exteriorizan quienes padecen o han padecido esta aflicción, y que consisten en quejarse crónica y persistentemente de síntomas físicos (somáticos) que no presentan o evidencian un origen físico probable ni explicable; por tal motivo, una razón etiológica común, según afirman los psiquiatras y psicólogos, es que algunos conflictos psicológicos son expresados en signos físicos, somáticos o corporales. Esto último, por consecuencia lleva al paciente a consultar a diversos médicos intentando obtener un tratamiento para su supuesto mal o enfermedad. El DSM-IV lo tipifica como trastorno somatoforme, y establece cinco criterios para la sintomatología: 1. Historia de síntomas somáticos antes de los 30 años. 2. Dolor en al menos cuatro partes del cuerpo. 3. Dos problemas gastrointestinales que no sean dolor, v.gr.: diarrea o vómito. 4. Síntoma sexual, tal como falta de interés o disfunción eréctil. 5. Síntomas psiconeurológicos, similares a los del trastorno de conversión tales como desmayo, ceguera, afonía, parálisis parcial o total.

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Y bien, una vez sabido a qué se refiere la somatización, en mi caso -y hasta donde mi memoria no esté somatizada- no recuerdo nunca haber tenido ningún síntoma por el cual el médico no me haya dicho: “Es por esto, y tómese esto”. Todo ha quedado y se puede resumir en algunas gripes, laringitis, infecciones estomacales o intestinales; y finalmente colitis, que dizque porque soy muy aprensivo, “preocupón” y susceptible, y tengo colon irritable: hecho que  se resuelve con un buen omeprazol, y trimebutina, en las ocasiones en que abuso del café, del refresco de cola o del picante; o claro, porque me preocupo mucho si alguno de los nietos se enferma, o la cónyuge se fracturó una “pata”, o no me alcanzó el dinero para pagar las cuentas. Fuera de esto, prácticamente he sido un individuo muy sano, nunca he sido hospitalizado, no sé lo que es una fractura, no me han extirpado nada, ni siquiera las amígdalas.

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He deseado quedarme mudo, porque soy muy parlanchín, y ni siquiera eso. Mis culpas y emociones siempre las he canalizado a través de la música, cuando me siento frente al teclado y compongo alguna melodía. Cuando era católico, iba y me confesaba con el cura. Mas, cuando tuve la oportunidad de tener mi primer contacto con el psicoanálisis, fue como ver la luz y comprender mucho de lo que me preguntaba; porque mi subconsciente, mi inconsciente o como quieran llamarlo, se conectaba con el Ego y por fin yo alcanzaba un nivel de conciencia.

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Es decir, me di cuenta de muchos de mis traumas, complejos y frustraciones. Quedé en paz con los que pude; con los que no, ahí sigo cada día ayudándolos a emerger, a salir a la superficie. Del mismo modo, hacer de mi Súper ego algo flexible y menos apegado a creencias rígidas, más estructurado en una ética y menos en una moral. De este modo, al no ser católico, ni cristiano, no hubo necesidad de confesar ya nada, ni pedir perdón, ni temer un infierno, o pedir una penitencia para quedar en paz espiritual. El examen de conciencia es ya de índole ético y no religioso; mi deber es  conmigo mismo y con el prójimo; el proverbio antiguo de “No hagas a otros lo que no quieras para ti” cobró una dimensión inconmensurable. Ahora sabía que debía hacer lo correcto y justo porque era lo que la sabiduría ancestral dictaba, no por temor a un infierno o aspirar al agrado y aceptación divinos, ni por la felicidad en un paraíso imponderable…

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No lo sé, quizá nunca lo sepa. Tal vez no había nada qué somatizar. A lo mejor, parafraseando Gibrán Jalil Gibrán, “me salvé de ser comprendido”, y perdonado, cuando dejé el cristianismo y comprendí y acepté mi cuerpo -esa entidad incomprendida y discriminada por San Pablo y la doctrina cristiana.

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Y seguí la doctrina taoísta que dice: “El cuerpo tiene sus razones: Debemos reconocer primero sus necesidades; la satisfacción llegará luego.”

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“No es más importante el espíritu que el cuerpo, ambos son uno; cuando el alma da vida a un cuerpo, pasan a ser uno.

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Cuando el cuerpo muere, el alma espiritual se lleva las experiencias que tuvo con el cuerpo, mismas que le ayudan a crecer.” “Ningún ser humano es malo o bueno, sino presa de sus deseos egoístas y el apego a las cosas materiales”. “Aquel que es uno con la naturaleza sabe cómo vivir”. “La paz y la felicidad no está en el mundo, sino en el hombre que sigue el camino.” (Chuang-Tzu, 300 a.C).

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Sí, creo que al final encontré el camino (Tao). Y no ha habido necesidad de que el cuerpo pague por lo que no es responsable, ni antes ni ahora…

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Antropología filosófica. Disertaciones 04.

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4. MI FELICIDAD.

¿He sido feliz? ¿Soy feliz? Son preguntas que van más allá de cualquier definición, concepto o creencia. Porque son lo que verdaderamente importa. ¿De qué sirve, saber qué es la felicidad bajo su diversidad conceptual o la creencia en lo que significa ser feliz bajo la filosofía o religión que la describa, si en la propia vida personal y particular de cada individuo no se percibe a sí mismo como un ser feliz o que puede ser feliz?

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A lo largo de mi vida, desde que era un niño, la felicidad se ha presentado con diversas facetas: la más sencilla era la de ser feliz con las cosas más simples: una paleta de leche -de aquellas que cuando yo era niño eran la novedad porque tenían la forma de una carita y costaban cincuenta centavos…

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Un paseo por la feria, que se ponía a un lado del mercado y cada año era esperarla con ilusión, porque entonces podía comerme un elote con mayonesa, un algodón de azúcar color de rosa montado en su palito,  TAGS:una manzana confitada, unos “hot cakes” de cajeta o mermelada de fresa, y subirse a la rueda de la fortuna, el gusano, ir al tiro al blanco y con suerte ganarse una figura de barro con la figura de un conejo o un perrito.

Sí, yo era feliz… Pero contar todos los momentos felices que viví cuando era niño, es muy largo; baste reconocer que recuerdo más momentos felices de mi infancia que de mi vida adulta. Y es extraño, porque la niñez también la recuerdo como una etapa de miedos y zozobra. Mi padre campesino y mi madre analfabeta no podían allegarse una vida muy pródiga que digamos; éramos más bien una familia pobre, a tal grado que mis ocho hermanos nunca los conocí porque los fueron encargando con los amigos y conocidos que mis padres encontraban por el camino. Sólo recuerdo una hermana que tenía catorce años cuando yo tenía tres, y que de pronto desapareció y jamás volví a saber de ella…

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Fue el momento más infeliz de mi vida. Y de ahí en adelante, sólo recuerdo a “la sagrada familia” como más tarde yo le llamaba: Papá, mamá y yo…  Pero supongo que harían un esfuerzo especial en la penuria, porque recuerdo aquellos momentos de la feria.

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Mi adolescencia fue más difícil, mi padre tuvo una embolia y prácticamente quedó impedido para valerse por sí mismo.

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Comencé a trabajar a los 13 años y mi felicidad estaba ahora en los libros y en las revistas ilustradas de Walt Disney.

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También, en las matinées de cine los domingos, y en ayudar al padre en la iglesia como acólito.

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Al final de la adolescencia y entrando a la juventud temprana, en el lapso de los 15 a los 18 años, descubrí dos nuevos placeres que me dieron momentos de felicidad inolvidables: jugar futbol y hacer teatro.

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Y en lo sucesivo, los momentos de felicidad y los momentos infelices se turnaron, porque ya para entonces yo trabajaba formalmente en el IMSS, y estudiaba la prepa.
 TAGS:En el último año de la prepa conocí a Isabel, nos hicimos novios y los momentos felices tomaron un cariz erótico; pero, los momentos infelices aparecieron en forma de celos y caprichos insatisfechos. Finalizó la prepa y a punto de entrar a la UNAM, a la carrera de Letras dramáticas, en la Facultad de Filosofía y Letras, me casé con Isabel y comenzó una nueva etapa de mi vida con una manera de ser feliz e infeliz totalmente nueva.

En esta nueva etapa de mi vida, a los 20 años, casado, podría decir que mi felicidad era completa. Tenía alguien con quien incluso esa felicidad se podía compartir. Tenía alguien que cuando era feliz, yo era feliz; pero también conocí una nueva modalidad de infelicidad: la de que si ella, Isabel, no era feliz, yo perdía mi felicidad.

A los cinco meses de casados concebimos nuestro primer hijo y fue una felicidad desbordante cuando nació el bebé. Luego, a los dos años llegó una niña….

Isabel, tuvo problemas y le extirparon la matriz. Yo, por mi parte, decidí hacerme lavasectomía.  TAGS:

Y fueron momentos extraños de felicidad por la bebita que ahora llegaba, pero de infelicidad por el estado de Isabel.

Y podría relatar cada momento de felicidad y de infelicidad, curiosamente siempre aparejados, mostrándome que la felicidad no es perenne, que la felicidad termina cuando la infelicidad toma su lugar. Y que es más fácil ser infeliz que feliz, porque la felicidad es tan frágil como las alas de una mariposa. Que ser feliz exige un esfuerzo por ser feliz, como cuando era niño, con las cosas simples, sin darle importancia a las cosas que no la tienen; y que la felicidad esta en relación directa con mi fragilidad.

¿He sido feliz? Sí; no tanto como hubiera querido, porque mi principal antagonista he sido yo mismo. ¿Soy feliz? Sí, ahora más fácilmente que antes. Los momentos infelices son ahora aquellos que logran sorprenderme…

 TAGS:¿Cómo lo he logrado? Como en el ajedrez, cada día proponiéndome aprender nuevas estrategias para ser feliz. Aplicando esa enseñanza del sabio taoísta: “Aquel que sabe cómo vivir, no tiene cabida en su alma para la desgracia”.  -¿Y cómo aprender a vivir, maestro?“Aprendiendo cada día del error que te lleva al fracaso…, pero no olvides que el error se viste de muchas maneras, y hay que estar alerta para reconocerlo.

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El sabio no es perfecto por eso debe conocer sus limitaciones, y su sabiduría radica en reconocer sus errores. Por eso, el verdadero sabio predica una doctrina sin palabras…

y lleva la alegría en su corazón”.

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Antropología filosófica. Disertaciones 03.

 

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3. LA FELICIDAD.

La búsqueda de la felicidad ha sido uno de los objetivos primordiales del ser humano. La vida humana no podría concebirse sin el estado de felicidad. Sin embargo, dado que la vida en su contexto natural es típicamente hostil, confrontadora, agreste y violenta, el ser humano vislumbró la felicidad como un estado efímero, transitorio y precario. La felicidad es evidente que se entiende como un estado de bienestar, de comodidad, de placer, de satisfacción; el hombre primitivo, todavía con un pensamiento filosófico incipiente, rudimentario, más metafísico que racional, probablemente no se ponía a pensar qué era la felicidad y cómo obtenerla, sino que seguramente era feliz cuando había conseguido su alimento, y cuando no se sentía amenazado por algún peligro potencial. No es sino hasta que la humanidad alcanza un grado de civilización y prosperidad relativa cuando tiene el tiempo y la madurez mental para reflexionar, cavilar y conceptualizar la noción de felicidad.

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Pero cuando los sabios reflexionan en la felicidad, para entonces ya tienen un cúmulo de ideas y conceptos que no facilitan una definición sencilla. Las ideas del alma, el cuerpo, la divinidad, el propósito del hombre sobre la tierra, etcétera, no facilitan la razón de ser de la felicidad, sino al contrario: ahora lo que de principio se apreciaba como una condición inherente a la vida y la naturaleza humana, como un estado consecuente del proceso vital, se complica al entrar en un proceso filosófico, metafísico, religioso e incluso moral. El alma y el cuerpo fundamentalmente son el punto de partida para intentar descifrar por qué el hombre no alcanza la felicidad tan fácilmente. Por consiguiente, al pensar en esto, se destaca el propósito y fin del hombre cósmicamente como un elemento que orienta la razón de la felicidad. Es decir, al formularse la pregunta existencial ¿para qué viene el hombre a este mundo material tan de primera instancia adverso?¿cuál es su principio y fin, su razón de ser?, ¿el alma tiene qué ver con la felicidad o es el cuerpo el que obstaculiza la felicidad?

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Todas éstas y muchas preguntas más han sido respondidas por los pensadores de todos los tiempos. Mas el hombre sigue preguntándose si es feliz, ¿soy feliz?, eso es lo único que no cambia, y con las definiciones de la filosofía, la psicología, la ciencia, y la religión, el ser humano transita de la felicidad a la infelicidad. Incluso el concepto de virtud, como idea de excelencia entre los griegos, pasando por la noción de rectitud y don preciado del Cielo en el pensamiento oriental, ha jugado un papel sustancial y preponderante en la consecución de la felicidad. El hombre virtuoso es por consecuencia feliz, porque es el mejor, es excelente; el hombre recto, o con la gracia divina imbuida en su alma, es por ende feliz; el santo, el místico, es feliz. El lleno de amor, dice la religión cristiana, es feliz. El hombre que renuncia al deseo, alcanza el Nirvana, dice Buda, porque el sufrimiento es la causa de la infelicidad, y el deseo causa el sufrimiento, el deseo como el impulso por poseer las cosas materiales.

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Sólo el loco es feliz, decía un filósofo, no recuerdo cuál, porque el loco no se da cuenta, porque no es consciente; lo cual presupone que la felicidad se da en la inconsciencia, que saber y darnos cuenta de la realidad nos impide ser felices. En este ámbito, la psicología tendría que responder, y el psicoanálisis tendría la clave de la felicidad en el inconsciente. Al final de cuentas, son tantos los caminos, las preguntas y las respuestas, así como los sabios y científicos, los médicos y sacerdotes, que darían su versión y su propuesta, como los infelices que pululan por el mundo.

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Yo pienso que la felicidad es un estado de equilibrio, de armonía; que va de la mano del estado homeostático biológico, pero también va de la mano del estado anímico erótico en el sentido total y etimológico de la palabra: amor, placer. Y que efectivamente, como en los tiempos primitivos, ese estado es muy difícil de tener si hay necesidades primordiales insatisfechas. Por supuesto, también está la capacidad metafísica para lograr la felicidad por encima de estas cosas, como enseñaba Buda, como proponía Cristo, como expresaba Lao Tzu… En el fondo de cada ser humano está la razón de su infelicidad y su felicidad.

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Antropología filosófica. Disertaciones 02.

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2. EL CUERPO.

¿Qué es el cuerpo?
El cuerpo es considerado desde el punto de vista biológico, religioso, filosófico y psicológico como una estructura material. También, como el alma, se considera desde el punto de vista religioso, creado por una entidad divina, y desde el punto de vista biológico, como producto de la evolución.

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El cuerpo a diferencia del alma, es materialmente sensible, es decir prácticamente se puede tocar, ver, oír, oler y gustar. Por esta razón es más fácil estudiar el cuerpo directa y experimentalmente, a diferencia del alma y lo subjetivo, como las ideas, los pensamientos y los sentimientos, que hasta la fecha no hay instrumentos de laboratorio que estudien directamente su fenomenología.

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Pero el cuerpo, a pesar de toda la ciencia, no deja de ser un misterio; es un instrumento orgánico prácticamente perfecto. Tiene regiones inexploradas y aún hoy en día desconocidas, como algunas partes del cerebro. Un fenómeno que va ligado al cuerpo es el de la vida, un hecho misterioso que no es posible replicar en el laboratorio. Y este misterio es el que promueve que el cuerpo sea un concepto también metafísico, ligado transversalmente con la idea religiosa de que el cuerpo es el recipiente material del alma.
Pero, ¿qué significa tener cuerpo? Significa pertenecer a una dimensión concreta: el mundo material, sensible, cualitativo y cuantitativo. La misma definición añeja dice, simple y llanamente: “Un cuerpo es aquello que ocupa un lugar en el espacio”. Es decir, mi cuerpo, los cuerpos, llenan un vacío, un hueco, en la dimensión cósmica. Y cuando el cuerpo deje de existir, cuando se convierta en polvo, y luego en energía, ya no será un cuerpo. Será otra cosa. De esta reflexión deriva la idea metafísica y religiosa de ¿qué pasa con el cuerpo cuando muere, ahí acaba todo? Biológicamente, estamos acostumbrados al hecho de qué cuando el cuerpo muere, ahí acaba todo; pero la filosofía opina que el cuerpo al tener significado anímico debe tener otro fin. La religión, específicamente la cristiana, lo resuelve diciendo que el cuerpo muere pero puede ser resucitado en algún momento determinado por el Creador. ¿De dónde surge esta creencia, tanto filosófica como religiosa? Quizá tenga que ver con la pregunta:  ¿Tiene alguna relación el cuerpo con el alma? Precisamente ésta es la razón por la que el cuerpo cobra su significado metafísico. Aristóteles es el mayor promotor de la dicotomía alma-cuerpo, al afirmar que el alma es el principio activo del cuerpo.

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¿Por qué es importante el cuerpo?, porque filosóficamente, en unión con el alma, es la parte consubstancial del ser humano. En otras palabras: el ser humano es alma y cuerpo, una diada indisoluble. Al fin y al cabo, la interpretación nos lleva a considerar al cuerpo como recipiente material del alma, como el vehículo que necesita el conductor virtual para relacionarse con el mundo material.

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Pero independientemente del pensamiento filosófico o religioso, al percibir nuestro cuerpo surgen un sinfín de ideas, sensaciones, incluso sentimientos, que nos hace reflexionar en que este maravilloso organismo, es algo más que un simple jarrón poético, o un exótico transporte para la presencia intangible del alma y el espíritu. Yo siento, percibo mi cuerpo y no puedo desvincularlo de la parte subjetiva, interior, anímica. No siento lo mismo que cuando me subo a mi auto y me siento uno con él, a tal grado que puedo percibir a través de él, como si la carrocería fuera una extensión de mi piel. No, mi cuerpo, mi alma, mi mente y mi espíritu son una sola unidad.

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Si mi alma necesita un cuerpo, es porque el cuerpo es parte esencial para comprender el mundo material y sus leyes físicas. No es ya un traje, es verdaderamente el alma encarnada, con piel propia, con sentidos; es más, en una comparación burda, como un “transformer”, una máquina con alma… Por eso al morir, yo creo que el espíritu guarda y conserva la forma corporal, como una identidad completa, para reconocerse.

Sin cuerpo, ¿cómo podría?

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Antropología filosófica. Disertaciones 01.

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1. EL ALMA.
El alma es una idea que se convirtió en concepto y estructura substancial del ser humano a través de los siglos y cuya noción, como la conocemos filosóficamente, es atribución de los griegos. Desde el punto de vista religioso, los egipcios son los individuos más antiguos que tenían la idea del alma (el Ba) y que pensaban que era la sustancia de vida y rostro del individuo, el espíritu (el Ka) era la personalidad, y ambas sustancias, Ba y Ka, junto con el cuerpo integraban al ser humano. De ahí todas las religiones consideran el alma y el espíritu como entidades inmateriales que de una u otra manera son creados por la divinidad creadora de acuerdo a la creencia respectiva y al final, después de la muerte, por lo general esta alma o espíritu es juzgada por los actos malos que haya cometido en su vida mundana . TAGS:
Y a partir de aquí, de la concepción religiosa o filosófica, o ambas, es como se configura la idea del alma y del espíritu. De hecho, cada pueblo, cada civilización tiene su creencia característica de este asunto y la ha adaptado a su propia evolución y transformación ideológica en el tiempo y en su historia particular. El individuo, no puede sustraerse a esta adaptación y contexto, y es por eso que la idea de alma es tan polifacética y diversificada en cada persona.

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En mi caso personal, la idea de alma se remonta a un contexto religioso cristiano católico que me hizo reconocerla como un soplo divino infundido en el cuerpo; una alma a la que Dios le había dado prácticamente una personalidad propia y particular. Teológicamente, en la religión católica, es muy complicado el concepto de alma.

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Finalmente, y una vez que por razones espirituales y de juventud, anduve transitando por diversas creencias diferentes al cristianismo, como el islam, el budismo y el taoísmo, decidí reestructurar mis creencias y espiritualidad a partir del budismo y el taoísmo. Por supuesto, esto modificó mi idea del alma y sus derivados. Añadido a esta reestructuración de concepto, el conocimiento filosófico tanto griego como taoísta, que sólo difieren en algunos puntos, y más adelante el conocimiento científico, sobre todo el neurobiológico, completaron mi concepto actual de lo anímico y lo espiritual.

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Lo anterior, a guisa de reflexión, me lleva a contemplar la maravillosa capacidad del ser humano de reconfigurarse, de adaptarse, y de ajustarse a nuevas formas, a nuevas reconsideraciones con respecto a sus creencias, y su percepción e interpretación de sí mismo y su mundo tanto interno como externo.
A la pregunta, profunda y trascendente, de ¿qué es para mí mi alma?, la respuesta aquí y ahora es la siguiente: Mi alma (psique, anima, soul) es el núcleo de mi ser, es la pila intangible de energía que me da vida, es la célula virtual que contiene los códigos universales y matemáticos del ser, es el origen de la mente (nóos, mens, mind) porque es quien la produce y es el modo dinámico por el cual se expresa. Y al final de todo, la integración de esta alma, mente y cuerpo dan forma a mi espíritu (pneuma, spiritus, spirit).
Lo último que quedaría por reflexionar es: ¿la manera como soy, mis pensamientos, mis sentimientos, mi persona, son inherentes a mi alma?

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Con certeza no lo sé. Sólo alcanzo a intuir que el alma, es como la célula, una unidad de origen, pero no lo es todo. Sólo contiene la capacidad de crecer, de adaptarse, de aprender. En ese sentido no creo en las almas malas de origen, pero sí creo que los espíritus pueden terminar siendo malos. Como los seres humanos cuando nacen, no son buenos ni malos, pero al crecer, sus circunstancias, sus experiencias, sus creencias pueden hacerlos proclives a la destrucción y a la maldad.

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En mi caso, mi alma está ahí, intacta, pero mi espíritu es el producto de mi vida y mis creencias. Algo así como, en suma, “Soy amable y sensible, pero también odioso y terrible”.

Manual del actor. Edición agotada.

Este video fue publicado en Junio 2012.

Por esas fechas la editorial Trillas me comunicó que la edición estaba por agotarse, aun cuando había en existencia unos 400 ejemplares. Yo decidí expresar mi agradecimiento de esta manera aprovechando este magnífico medio de Internet YouTube.

http://www.youtube.com/watch?v=ajy66EhZB6Q&feature=plcp   (con subtítulos en inglés)

http://www.youtube.com/watch?v=QMgSWvRIPx4&feature=plcp

(Recuerden que puede ajustarse la calidad del video para una mejor visualización)

Ahora, meses después, en septiembre 2012 la editorial me informó que

LA EDICIÓN ESTABA AGOTADA.

Se prepara la REIMPRESIÓN y nuevamente aprovecho ahora el espacio de este blog para

AGRADECER A TODOS LOS QUE HICIERON POSIBLE ESTE ÉXITO AL ADQUIRIR EL MANUAL Y CON ELLO FAVORECER EL PROPÓSITO DE DIFUNDIR Y PROMOVER EL ARTE TEATRAL Y LA TÉCNICA ACTORAL.

GRACIAS

Y QUE EL PLACER Y EL BIENESTAR SEAN PARTE DE SU VIDA SIEMPRE.

Un abrazo cordial

de

Pedro Zavala Vivas

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