Pensamientos teológicos

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Alguna vez me consideré un individuo religioso… y obviamente, creía en Dios. 

De hecho, mis conocimientos sobre religión, mi propia religión (la cristiana católica), e incluso las principales religiones como el Budismo, el Judaísmo, el Islamismo, el Hinduismo, así como sistemas teológico-filosóficos como el Taoísmo, son bastante amplias. Inclusive sistemas religiosos sectarios como mormones, testigos de Jehová, y algunas de las diversas tendencias llamadas Iglesias Cristianas, están dentro de mi acervo cultural e intelectual. Estos conocimientos se debieron principalmente a mi contacto estrechamente cercano con los individuos más eruditos y estudiosos de la comunidad católica: los jesuitas. Si debo mi cultura y mi incipiente erudición a alguien, es a ellos. ¡Benditos sean!

 El problema es que yo siempre fui muy curioso, siempre tuve una insaciable hambre por aprender, por conocer. Para colmo, en mi residencia junto a los jesuitas, fui asignado como bibliotecario en la Segunda Casa de la Compañía de Jesús. Así que de pronto me vi a cargo del mantenimiento, clasificación, y conservación de un tesoro bibliográfico de más de 25,000 volúmenes.  Ahí aprendí francés, idioma que domino en un 70 %, griego, latín, náhuatl, lenguas que conozco, aun cuando no las hablo. El inglés es ya un idioma del que no puede uno sustraerse. Así que  ése ya lo traía a cuestas desde la escuela.  En fin, fue ahí donde estuve a mis anchas, una vez terminados mis deberes para con la biblioteca en sí misma, tenía el tiempo suficiente para leer lo que yo quisiera, desde los temas más triviales, como astronomía, geología, etimologías, hasta temas más específicos como teología, textos bíblicos, y temas aún más especiales, porque estaban ahí, a la mano, como magia, alquimia, historia de la religión, filosofía de la ciencia, meditación, y textos originales de los Padres de la Iglesia… Sin contar con los llamados libros y temas prohibidos por la Iglesia. Es evidente que al crecer mis conocimientos en tantos y variados temas, surgieron también tantas preguntas. Sin ser éste un propósito deliberado, comenzaron las discusiones con mi tutor espiritual, el insigne sacerdote Enrique Torroella, fundador de la Universidad Iberoamericana, y del Instituto Patria, aquel que estaba ubicado en la calle de Moliere, en Polanco, y del cual fuí egresado. Además,  este insigne jesuita era hijo también del no menos notable  General Enrique Torroella, director del Colegio Militar en tiempos de Don Porfirio Díaz.  De estas discusiones con él obtuve conclusiones, si no definitivas, sí por lo menos más reveladoras.  Cabe hacer notar, que para el tiempo, ya era yo candidato a ser sacerdote jesuita, y era de los pocos, si no es que el único que se sabía la misa, de entonces, en latín. Aún hoy en día, tantos años después, es tan inquietante para mí, recordar que la misa de entonces, todavía de espalda a los fieles, comenzaba, después del “In nomine Patris…” con “Introibo ad altare Dei…” y de ahí, en mi mente desfilan las palabras como si fuera hoy, y siento que estoy junto al altar, como acólito, con el ropaje típico de entonces en blanco y rojo, claro era yo un niño.   Al poco tiempo después, con el Concilio Vaticano II, la misa cambió para siempre y para mi humilde apreciación, todo el encanto, la devoción, el sentido ritual, el sentimiento de sagrado misterio, se esfumó y todo se hizo coloquial, quizá hasta irreverente, al grado que desde entonces existe el tipo de misa que acomode mejor al interés de la ocasión. Baste citar  la versión más corta de la misa católica que dura 15 minutos.  Y aun cuando existe la versión antigua, que obviamente es la más larga de las versiones, con casi dos horas de duración aproximadamente,  es prácticamente difícil que se lleve a cabo en el oficio y culto cotidiano.

Así que, hechos más, hechos menos, a un paso de entrar en la carrera sacerdotal, de la manera más honesta que pude, decliné la oportunidad y dije: “No tengo las cualidades para ser un buen sacerdote.  Soy muy polémico, hay cosas que ya no podría ignorar, hay actitudes en la Iglesia que no estoy de acuerdo, hay además cuestiones de fe que no me gustaría, como sacerdote, discutir; pero ante todo y sobre todo: me gustan las mujeres“. Es decir no podría ser congruente con el celibato. Y esto, aun cuando yo soy de los pocos que sí le veo sentido al celibato en el sacerdocio por razones que considero más objetivas e incluso más prácticas que solamente el aspecto sexual o social del asunto. Pero, más adelante volveré a éste tema.

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Acerca de Técnica actoral y psicología
Director teatral y maestro de técnicas actorales. Estudiante de psicología. Amante del arte dramático, la música y el ajedrez.

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