La indefinición

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Hay en esta época una tendencia a la indefinición. Esto quiere decir que ahora cualquiera que encuentra oportuno cambiarle el nombre a cualquier cosa que le parezca candidata a un nuevo nombre, simple y sencillamente le pone uno nuevo.  Esto redunda en la confusión e incomprensión dentro de la comunicación cotidiana, lo que necesariamente provoca la interpretación errónea de las ideas y los conceptos. Y es que en el afán de exhibir un intelectualismo ocioso, nos es tentador el ánimo de inventar nuevas palabras y maneras diferentes de llamar a las cosas que se nos antojan rebautizables. Y es aquí donde se encuentran dos o más individuos charlando, analizando alguno o más temas, y de pronto, se sorprenden hablando de cosas diferentes o entendiendo ideas que no tienen nada qué ver con lo que están hablando. Yo, desde que descubrí esto en las charlas comunes de café, ya fuesen ajenas o con mis propios compañeros de tertulia, del asombro pasé al poco tiempo al divertirme con pláticas como ésta:

–         No, pues sí… Yo creo que la grilla y el despotrique de los políticos cada vez está más en entredicho…

–         Espérate. A qué políticos te refieres. Porque yo sé de algunos que hablan muy bien y saben lo que quieren…

–         Mira: para empezar todos los políticos, porque no hay uno solo que no sea así, saben lo que quieren… ¿y sabes qué es lo que quieren?  Agandallarse la lana. Hacerse ricos de la noche a la mañana con el dinero del pueblo… Sí, sí, sí… desde el politiquillo de banqueta, hasta los más altos, dizque funcionarios, de gobierno… ¿Tú sabías que el negocio más redituable es la política, precisamente?… No, no, no: no pierdas el tiempo en un negocio de ambulante… bueno, ése también es buen negocio: no pagas impuestos, sólo una pequeña tajadita; vendes el trabajo de otros, como la piratería, no pagas renta, ni luz ni agua, ni… bueno,…Ahora entiendes porqué traen una camioneta donde cargan su mercancía que no la tenemos ni tú ni yo que ganamos un buen sueldo como empleados… Ah, sí, pero te decía:  no vayas a perder tu tiempo y dinero de inversión en un negocio que, para empezar tiene un engorroso número de requisitos para obtener el permiso correspondiente, luego la renta, los impuestos, la competencia, peor si se te pone afuera de tu changarro, un “comerciante informal”, con puesto de fierro, que en lo que te lo cuento ya el armatoste se convirtió en fijo, anclado a la banqueta con cemento, ¿eh? ¿Cómo la ves? Entonces en menos de lo que te imaginas, ya tronaste y perdiste hasta lo que no tenías. ¡Ah! Pero si comienzas una carrera política, en un partido que garantice la aventura, el PRD, por ejemplo que por cierto es la oferta de hoy en día, m’hijito, ya la hiciste:  tu negocio es difícil que truene. Al contrario, si tienes talento(y si no, pues  aprendes) para la tranza, la mentira, el fraude, el trinquete, la labia, seguro llegas muy alto, y la lana a manos llenas. Claro que tienes que echarle ganas, como todo negocio, arrimártele a un buen árbol, y crecer a su sombra.  Ahí tienes a Carlos Salinas, se le pegó a uno, un político que ni su nombre sé, y en meteórico ascenso, fue el preciso, el mero-mero, el mandamás del país, pues…

–         Híjole, pues sí que me dejaste  de a seis… Aunque yo me refería… Uta… Ya  hasta se me olvidó, pero tú me entendiste, ¿no?…

En fin, este es un ejemplo, de entrada, en el que los interlocutores, usan una especie de dialecto urbano, y llevados por la mecánica de uso cotidiano de ese lenguaje, hasta a nosotros se nos hace comprensible, y perfectamente claro. A propósito omití usar comillas en aquellas palabras que han sustituido a las palabras propias de un lenguaje más académico. Pero esta sustitución lingüística, comenzó así, con una nueva palabra para designar lo que ya estaba identificado. Cómo comenzó todo, es tema añejo en los tratados de lingüística. Pero la indefinición se da cuando el objeto ya no tiene qué ver con su raíz. Yo siempre me preguntaba, ¿por qué ese llama así tal o cual cosa? Y al indagarlo, comprendía, y a la vez me sustraía a la tentación de inventar un nuevo nombre, porque sabía el origen del nombre. Es decir las cosas van unidas a su origen nativo en cuanto a nombre y definición se refiere.  Hay objetos que los conocemos por su nombre egipcio, griego, romano, celta, árabe, náhuatl, sajón, persa, etc. y en tal contexto, aún cuando ya el nombre esté asimilado a nuestro idioma, tiene su esencia en el nombre original. Así que en la intención ignorante de llamar a una cosa con otro nombre, echamos a andar, no el enriquecimiento del lenguaje como algunos opinan, sino al surgimiento de un dialecto y quizá al nacimiento de otro idioma. Sería tan sencillo cuando habláramos utilizar los diversos nombres que una cosa tiene en los diversos idiomas, pero obviamente no lo hacemos porque ignoramos los demás idiomas, si  no de pronto en una conversación, yo diría hablando de la roca, piedra, guijarro, pedrusco, etc., además la pierre, la stone, la rock, la petra, la pietra, etc. Lo más curioso es que si yo supiera varios idiomas y yo utilizara como sinónimos las palabras del uso de cada idioma, me llamaría presumido o arrogante… Aún cuando es permitido, de por sí, utilizar frases o vocablos hechos, como sui géneris, dejá vu, etc. Y no es una cuestión de cultura, sino de elemental conocimiento de la lengua. Las distorsiones surgen en los clanes, grupos, y  corrillos, en los que se parte de la indefinición para poder incorporar la palabra sustituta. Por ejemplo, cuando de dice, en la jerga juvenil -¿qué onda?, por -¿qué ocurre?, ya se empieza a intentar una diferencia con otros grupos, por ejemplo con el grupo de la momiza, es decir los rucos, los mayores. Porque en este caso, los jóvenes, intentan ser más simplistas, a diferencia de sus maestros o sus padres, que les parecen rebuscados, complejos, con sus palabras incomprensibles, y es verdad, son raras  e incomprensibles porque no quieren incorporarlas a su propia manera de hablar, además que siempre querrán ser diferentes, ¡diferentes a qué? Porque cuando ves a los jóvenes diferentes, juntos, en su diferente grupo, o su nuevo clan, no distingues uno de otro, porque son idénticos, en ropa, en cabello, en estilo, y hasta en maquillaje. Oh, sí, diferentes a otros de otro grupo, pero idénticos entre sí, como uniformados, como soldaditos de un nuevo  y diferente ejército. Y no se dan cuenta que la verdadera diferencia está en distinguirse unos de otros por su diferente forma de ser realmente, por el desarrollo de sus propias habilidades o capacidades. Pero en este intento por ser diferentes radica en mucho la deformación de la palabra, de tal manera que se hace necesario estudiar los diferentes nuevos léxicos como si fuera un nuevo lenguaje, de hecho.  A mí a veces, como maestro, los jóvenes estudiantes al querer discutir algún tema, siempre comenzaba yo por decirle al que alegaba:           -primero defíneme tu concepto, sujeto, o ítem, para saber de qué estamos hablando.  Porque en ese tenor, es fácil hablar de cosas totalmente distintas y en ese aspecto no será sencillo ponerse de acuerdo. Ese es el problema. Mismo que se agudiza si los conceptos son subjetivos o abstractos. Podemos hablar e intercambiar opiniones acerca del amor, por ejemplo.  Pero si tú tienes un concepto del amor, y yo otro, hablaremos de cosas distintas, y lo más irónico es que lo más seguro es que ninguno de los dos hablemos del amor en sí. Por tanto, definamos primero qué es la palabra amor, su significado y su concepto…. Por ejemplo.

Ah, y no hablemos de la comunicación actual para chatear, para mensajear, o escribir un tweet en Internet, porque ese es otro cuento para alguna otra ocasión.

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Acerca de Técnica actoral y psicología
Director teatral y maestro de técnicas actorales. Estudiante de psicología. Amante del arte dramático, la música y el ajedrez.

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